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jueves, 3 de marzo de 2011

Amor y otras drogas

Pensé que "Amor y otras drogas" era una comedia romántica para pasar el rato, pero la verdad es que puede ser un punto de partida interesante para reflexionar sobre el amor, las enfermedades neurodegenerativas, como el Parkinson y sobre el marketing farmacéutico. Cada uno de los temas daría para una película pero ésta de Edward Zwick tiene la ventaja que toca los tres.

El amor es una emoción y como tal es algo intenso y que se escapa a nuestro control voluntario. Pero es una emoción secundaria y por lo tanto tarda en aparecer, es decir que requieren de la socialización y de un proceso de maduración de nuestro sistema nervioso para manifestarse. A diferencia de por ejemplo el miedo, emoción primaria, que se presenta prácticamente desde que nacemos, el amor, como la vergüenza, necesita que tengamos consciencia de nosotros mismos como seres diferenciados de los demás para ponerse de manifiesto.



Por lo demás es una sensación sublime que implica pertenencia, entrega y trascendencia, que hace que nos sintamos tremendamente felices o tremendamente desgraciados, en todo caso es una emoción especial que nos mueve como personas y como especie, despertando grandes sentimientos de empatía entre los que la contemplan.

Todo esto lo comprobamos cuando el caradura de Jamie (Jake Gyllenhaal) se queda prendado de de Maggie (Anne Hathaway), una chica divertida y segura de sí misma que no quiere comprometerse. Tiene parkinson precoz y aunque ahora puede hacer vida normal sabe que en el futuro no será así. Sabe que necesitará ayuda, pero no quiere ser una carga para la persona que ame.

Ambos se ven implicados en un juego de sacrificio. Bien es cierto que Jamie no está acostumbrado a que las chicas le rechacen. Su personalidad arrolladora no deja lugar a las negativas, eso, además de hacer de él un vendedor sin competencia, le hace disfrutar de una variada vida sexual. Pero el que Maggie le rechace acrecienta su interés y su persistencia, haciendo que la chica acabe admitiendo una relación basada en sexo sin compromiso (no confundir con el concepto de follamigo).

En teoría está muy bien eso de acostarse sin comprometerse y que cada uno sea libre de hacer su vida. En la práctica no va tan bien. Ese argumento lógico no tiene en cuenta que el amor no lo es y aparece cuando menos uno lo espera, aunque en esta historia estaba cantado.

¿Por qué nos enamoramos?, pues primero porque estamos predispuestos hacia ello. El amor es algo que asegura el mantenimiento y la supervivencia de nuestra especie. Nos lleva a formar parejas y a reproducirnos. Esto, que visto así es algo totalmente carente de romanticismo y efectivamente tiene una motivación puramente práctica, es lo que subyace tras la ternura de nuestros sentimientos.

La evolución es una cosa muy seria y a lo largo de millones de años de historia ha aprendido cuales son las mejores maneras de asegurar la permanencia de cada especie. En los humanos la emoción más intensa, el amor, está ligada al establecimiento de una pareja. Por otra parte, la sensación placentera natural más intensa se produce por el sexo. Entre una cosa y la otra, la reproducción y la crianza de la prole en un entorno estable está asegurado.

De hecho, el matrimonio, fenómeno cultural que normalmente se entiende como consecuencia del amor, es la pieza que nos faltaba para el establecimiento de un núcleo social, la familia, que proporciona la estabilidad necesaria para nuestro desarrollo como persona. Tanto es así que las únicas sociedades humanas que han logrado desarrollarse son las que en un momento dado de su historia, adoptaron semejantes usos culturales. En su mayoría este tipo de procesos no son conscientes, ocurren por el sistema de “ensayo – error” en el que las poblaciones que no daban con la respuesta correcta simplemente se extinguían.



Así que Jamie y Maggie están filogenéticamente condenados a enamorarse y vete tú a saber si a formar también una familia, pero el hecho es que esa sublime sensación de entrega y trascendencia que implica dejar de ser uno mismo para formar parte del otro, acaba rompiendo todas las barreras que la lógica había impuesto.

En su relación hay dos puntos de inflexión. El primero es conferencia sobre el parkinson en Chicago. En ella Maggie siente por primera vez que no es un bicho raro y se siente por fin libre para aceptar el amor de Jamie. Pero al mismo tiempo alguien le abre a él los ojos sobre el futuro que le espera si sigue en su relación. Así que cada uno se mueve hacía la posición del otro, pero sobrepasando el punto de convergencia y situándose en posiciones nuevamente divergentes, aunque de sentido contrario a las que tenían anteriormente.

El segundo y definitivo punto de inflexión ocurre cuando Maggie convence a Jamie de aceptar la realidad de su situación médica y disfrutar el momento, dejando de buscar a toda costa remedios que todavía no existen. En ese momento los dos alcanzan el punto intermedio en el que pueden disfrutar de su amor.

Es una decisión difícil pues implica aceptar la realidad del Parkinson. Actualmente el tratamiento farmacológico permite que los enfermos puedan hacer vida normal durante cada vez más tiempo. En el año en que se sitúa la historia el futuro no era tan halagüeño y la perspectiva de los estadios más avanzados de la enfermedad era bastante preocupante.

El Parkinson se produce por una destrucción progresiva de las neuronas de la sustancia negra del cerebro, sin que se sepa muy bien por qué. Se trata entonces de una enfermedad neurodegenerativa que se va agravando con el tiempo, produciendo una dificultad creciente en el movimiento voluntario, cosa que normalmente se asume como el principal efecto, sino el único de la enfermedad. En realidad también afecta a la función cognitiva y a la emocional de las personas.

A diferencia de lo que ocurre en patologías como el Alzheimer, aquí el sujeto es plenamente consciente de su proceso degradativo, lo que le puede llevar al enfermo de Parkinson a sumirse en un estado de indefensión que puede terminar en una espiral depresiva.

Aunque en estos casos, mucha carga de la enfermedad descansa en los familiares que se hacen cargo del enfermo. Es conocida por todos la presión psicológica que recae en los cuidadores. Maggie es consciente de todo ello y aunque esta en un estadio precoz de la enfermedad, quiere evitar el sufrimiento de Jamie. Ambos ejemplifican los conceptos de sacrificio y entrega inherentes al amor, contribuyendo a aumentar el tono emotivo de la historia.




He mencionado antes que la depresión es frecuente entre los enfermos de Parkinson, pero también lo es en muchas otras circunstancias. La mayoría de los psicofármacos que se fabrican están destinados a combatirla en sus muchas variantes y con sus patologías asociadas. Más del tres por ciento de la población de los países occidentales la padece. En el Tercer Mundo la proporción es bastante menor. No es extraño, tienen otras cosas de qué preocuparse.

Pero aunque en nuestra cultura lo consideremos algo habitual y de vez en cuando todos hayamos confesado que estamos con “la depre”, lo cierto es que se trata de una patología recalcitrante, en la que el enfermo siente que no puede hacer nada para curarse y en muchas ocasiones se culpabiliza de su triste situación.

Aunque detrás de la depresión haya una causa real que podría tratarse psicológicamente, el paciente es incapaz de afrontar la psicoterapia requerida, por lo que en muchas ocasiones conviene comenzar con un tratamiento farmacológico que refuerce el estado de ánimo del sujeto.

El caso es que el deprimido es un cliente importante y la industria farmacéutica pugna por la preponderancia del mercado. “Reclutar” dignamente al médico para que recete tus productos y no los de la competencia es un arte complicado que requiere su estrategia. No creo que se llegue a las manos como en el caso de Jamie, representante del Zoloft de laboratorios Pfizer y Trey, el apuesto representante del Prozac de laboratorios Lilly. Ambos productos son inhibidores de la recaptación de serotonina, un neurotransmisor que se encarga de combatir diversas sensaciones negativas de nuestro organismo, provocando placenteros estados de ánimo. Pero como la mayoría de sustancias naturales que actúan a nivel del sistema nervioso central, la serotonina es de acción insidiosamente fugaz, cosa que se encargan de remediar los inhibidores de su recaptación como la fluoxetina (Prozac) o la sertralina (Zoloft), las sustancias pioneras en el logro de la felicidad artificial. Bueno, sin hablar de la Viagra (sildenafilo) que proporciona otro tipo de “felicidad”, cuyo impacto queda perfectamente retratado en la película.

Por cierto, antes de terminar quería comentar una curiosidad farmacéutica de la que me enteré por la película. Lo de las excursiones a Canadá para comprar medicamentos es algo totalmente cierto y fue una actividad muy popular y necesaria durante unos años para los jubilados estadounidenses y las clases más desfavorecidas. Llama la atención que cosas que aquí tenemos asumidas, como la financiación de los medicamentos por parte de la Seguridad Social, en otros países “más avanzados” sean algo impensable.

Resumiendo “Amor y otras drogas” no es sólo una comedia romántica para pasar el rato. Tiene muchos detalles para meditar y aunque no sea la típica película para hablar de psicología podemos encontrarle bastantes cosas interesantes.

Saludos,



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lunes, 17 de enero de 2011

Gracias por fumar - Reflexiones sobre la Ley Antitabaco

Ya tenía ganas de que entrase en vigor en España la dichosa Ley Antitabaco. Aunque no soy fumador, normalmente no me molesta en exceso que fumen a mi lado y no soy de los que señalan a los fumadores con el dedo. Ahora bien, sí me molesta el humo cuando estoy comiendo y no me deja saborear los platos por los que a veces pagas un dineral. También me molesta cuando entras en un taxi o en un local en el que han fumado intensamente y huele a humo rancio. Ya digo que soy respetuoso con los derechos de los fumadores, si quieren hacerlo allá ellos. Procuraba no entrar en los locales que anunciaban que se permitía fumar, pero me molestaba que en los bares que tenían ambientes separados, estos no estuviesen tan separados y el humo te llegaba de todas maneras.

Siento el desembolso que tuvieron que hacer los propietarios de establecimientos de hostelería y restauración para adecuarse a las anteriores normas, pero en muchísimos casos esa “adecuación” fallaba por todas partes. Mi simpatía está con los que de verdad consiguieron ambientes auténticamente separados y ahora toda la inversión no sirve para nada. Creo que a ellos se les debería de indemnizar.

Pero sinceramente pienso que dentro de unos meses nos acostumbraremos a no fumar en locales públicos y dejaremos de hablar de esto, igual que tampoco hablamos ya de los controladores. Temas más acuciantes, como la crisis, ocuparán nuestra atención curiosamente distraída por la actualidad de… ¡caramba! por lo de los controladores y lo del tabaco ¿será coincidencia?.

El caso es que con todo este lío, me han venido a la mente muchísimas cosas, entre ellas la película “Gracias por fumar”, quizás también porque la última que comenté (Up in the air) era del mismo director, Jason Reitman. Pero a mí me gusta me gusta más ésta, la encuentro una comedia muy divertida e inteligente.



Al igual que en Up in the air, Reitman nos presenta un hombre apegado a su trabajo, un trabajo duro y desagradecido, pero que el protagonista lleva con tremenda dignidad. De hecho, estoy seguro de que muchos aquí darían cualquier cosa porque apareciese un Nick Naylor (Aaron Eckhart) desempeñando tan fabulosamente bien como en la película el papel de Defensor de los Derechos de los Fumadores, porque sí, a eso se dedica el avispado señor Naylor, un ejecutivo perspicaz y rápido de reflejos intelectuales, capaz de dar la vuelta a una audiencia en contra en un programa de debate, de volver contra sí los argumentos de cualquier político o de conseguir que un enfermo terminal de cáncer acepte un chantaje que en principio le habría tirado a la cara.

A pesar de representar un peligro para la salud pública, es inevitable que este ejecutivo tabacalero nos caiga bien. Su personaje rebosa de habilidades sociales y destaca por su inteligencia emocional. Sabe calar a su interlocutor, adivinar lo que piensa y lo que siente y conseguir que parezca que en el fondo están de acuerdo. Además es un personaje creíble y todo gracias a la interpretación de Aaron Eckhart. El guión parece hecho a su medida y con su aspecto desenfadado y de cara dura al límite de la legalidad, nos hace pasar un rato muy agradable en medio de una historia que podría ser bastante dramática.

Además la película está plagada de momentos cumbre, con frases dignas de ser enmarcadas, algunas de las cuales las puedes encontrar en las secuencias que he seleccionado.



Y es que lo del fumar es una cosa muy seria. Cuando hablamos de drogas, a veces no me resisto a introducir una pregunta, aparentemente inocente, en la conversación: “¿Y tú cuál crees que es la droga más peligrosa?”. Independientemente de cuál sea la respuesta, el dato al quiero llegar es que en España la sustancia que más muertes directas causa es el tabaco y la que más problemas sociales genera es el alcohol. Las dos drogas legales que curiosamente forman parte de nuestra cultura.

Al igual que se dice en la película, todos asumimos que el tabaco es algo malo y que mata lentamente. Por eso mismo le hemos perdido el miedo, confiamos en que las consecuencias negativas tarden en llegar y mientras tanto nos vamos arriesgando con la esperanza de que el peligro pase de largo. Sabemos que el tabaco mata, pero nos resignamos pensando que “de algo hay que morir”.

Sorprendentemente no siempre tenemos una actitud tan sumisa ante los peligros del consumo. Haz un ejercicio de memoria, sitúate hace unos quince años en el tiempo. ¿Te acuerdas de la Encefalopatía Espongiforme Bovina?. Bueno, igual eras muy joven, pero si te hablo de la “Enfermedad de las Vacas Locas” igual te suena más. ¿A qué viene esto?. Pues es un ejemplo para que veas lo complicadas que somos las personas. En aquella época tuvo mucho eco en la prensa esta enfermedad de origen animal y cuyo contagio se asociaba probablemente al consumo de carne de animales infectados. Este posible origen no confirmado (hubo personas a las que se les diagnosticó la enfermedad y que eran vegetarianos estrictos) originó un acusado descenso en el consumo de carne de vaca. En cambio la asociación, no probable sino segura, entre el consumo de tabaco y el cáncer de pulmón no provoca una disminución del consumo. ¿Por qué ocurre esto?, pues porque el fumar conlleva un riesgo inherente que tenemos asumido y admitido, en cambio comerse un entrecot no suponía demasiado peligro… hasta entonces.

Date cuenta que según esto, el que el tabaco nos prepare una muerte dolorosa no nos asusta demasiado, lo aceptamos y de poco o de nada sirve que en las cajetillas nos avisen de que es peligroso o nos pongan fotos de pulmones deshechos. El fumar es un gesto automático y ni miramos la cajetilla.

Pero si todo eso ya lo saben y siguen consumiendo ¿de qué se quejan entonces los fumadores que demandan a las tabacaleras?. Pues de que la industria manipula directamente la composición de los cigarrillos para que sean más adictivos, efecto que se consigue tratando, por ejemplo, las labores del tabaco con amoniaco sin que se avise al consumidor de sus “efectos secundarios”. Ésta y otras sustancias, cuya composición no figura en las cajetillas, consiguen que la nicotina llegue mejor al torrente sanguíneo, que el humo irrite menos y cosas así. Consecuencia: el individuo se engancha mucho más fácilmente aunque el cigarrillo sea bajo en nicotina.



Y tenemos que tener en cuenta que la adicción al tabaco es una de las más difíciles de abandonar. Como ocurre en la mayoría de los casos, por una parte tiene un componente físico, que se debe a que nuestro organismo se ha acostumbrado a la nicotina y la necesita para funcionar. Por otra tiene un componente psicológico, debido a que hemos asociado el fumar a muchos momentos de nuestra vida cotidiana. El primer cigarrillo de la mañana suele ser el más apetecible precisamente porque nuestro cuerpo está prácticamente en síndrome de abstinencia, pero no se disfrutan menos el de la cervecita con los amigos o el del cafetito de después de comer, por ejemplo. Éstas y otras muchas situaciones no serían lo mismo si les quitásemos el cigarrito y eso se debe a que, a fuerza de repetirlo, hemos realizado un aprendizaje que nos indica que ambos sucesos ocurren juntos y no disfrutamos de lo uno si falta el otro. A diferencia de otras drogas cuyo consumo es menos frecuente, el tabaco está asociado a multitud de momentos de nuestra vida y en cada uno de ellos nuestro cerebro nos indicará que es hora de fumar, esa es la verdadera dificultad de abandonar esta adicción.

A veces puede sorprender que la dependencia física, la que se produce por falta de nicotina, desaparece después de poco más de una semana de haber dejado de fumar. Pero la dependencia psicológica, la debida al aprendizaje, es muchísimo más duradera. No es por nada, pero si estás intentando dejar de fumar, más que gastarte el dinero en parches de nicotina deberías ir al psicólogo. A veces piensas que si deseas fumar es porque tu cuerpo necesita nicotina y lo que ocurre es que simplemente tu cerebro te está recordando lo que habías aprendido, que en la situación en la que estás lo que toca es un cigarrito.

Para terminar una cosa curiosa, la historia del Hombre Marlboro que nos cuentan en la película está basada en la realidad. La compañía Philip Morris lanzó en los años veinte unos cigarrillos con filtro destinados al público femenino y el reclamo era precisamente la suavidad que les proporcionaba semejante complemento.



Pero vender cigarrillos sólo para mujeres no era suficiente negocio, así que años más tarde los anuncios del vaquero de Marlboro intentaban recuperar el aire viril de los cigarrillos con filtro. La campaña fue un éxito y se ha mantenido con distintas variaciones hasta hace poco, siendo varios actores los que la protagonizaron. El primero fue William Thourlby, pero entre los que se siguieron estaban Wayne McLaren y David McLean. Los dos murieron de cáncer de pulmón después de fumar habitualmente “Marlboro Reds”. McLaren en los últimos años de su vida apoyó activamente la Ley Antitabaco en Estados Unidos y, al igual que en la película, la compañía intentó negar que participase en sus anuncios. En el último que protagonizó se superponían las imágenes del anuncio original, a caballo, con las de la cama del hospital entubado.



Cuando la publicidad te quiere vender algo, te lo vende y emplea métodos igual de contundentes tanto para convencerte de una idea como de la contraria. Así que como les explicaba Naylor a los niños, lo mejor es no dejar que nos convenzan de lo que tenemos que pensar y tener nuestras propias ideas, pero... ¿podremos?



Saludos,



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viernes, 5 de marzo de 2010

Celda 211

Vi Celda 211 después de la entrega de los Goya de este año. Craso error y lo sabía. Después del rotundo éxito de la película en dicho certamen tienes las expectativas muy altas. Pero afortunadamente no me decepcionó. La historia está muy bien planteada, la interpretación por lo general me pareció estupenda, igual que la narración, la ambientación, el ritmo y todo lo demás. En definitiva, una muy buena película de Daniel Monzón.




Desde el punto de vista psicológico, es evidente que la historia de una revuelta en una cárcel nos dibuja un marco ideal para estudiar situaciones límite y la respuesta humana ante ellas. Aspectos como el liderazgo, la autoridad, la sumisión, las emociones, la ansiedad, el estrés y la necesidad de adaptación a una situación que cambia rápidamente es algo que nos queda tremendamente claro viendo la película.




La verdad es que estaba tentado a tratar de todo ello en esta entrada, pero es algo que ya comenté hablando de “El Experimento” (recordad la respuesta que Philip Zimbardo daba a la pregunta de ¿por qué las personas buenas hacen en ocasiones cosas malas?), “La Ola” e incluso "La Naranja Mecánica".

Por ello, en el aspecto de la Psicología en general y de la Psicología Social en particular, Celda 211 no nos sirve para abrir ningún debate nuevo, sino para ponerla en relación con las películas anteriormente comentadas. Por mi parte, intentar otra cosa sería repetitivo.

En cuanto a la historia ya he dicho que me parece excelente, y que retrata fenomenalmente el ambiente carcelario. En el marco de la UNED he asistido varias veces al Centro Penitenciario de Palma de Mallorca (nada que ver con el que aparece en la película) y sí, hay una cosa que te llama la atención, sobre todo la primera vez que entras. Es cuando en los sucesivos controles vas dejando tus efectos personales (documentación, móvil, llaves...) y vas viendo (sintiendo) cómo se cierran las puertas tras de ti. Inconscientemente no puedes evitar preguntarte si luego se volverán a abrir.

Algunos de los reclusos con los que traté tenían bastante semblanza con los de la película, incluso con "Malamadre" (Luis Tosar), duros que en el fondo son ingénuos. Otros sorprendían por su cultura y educación y no sabías bien qué es lo que hacían allí.



Pero volviendo a la trama de la película, no puedo evitar comentar dos puntos que no dejan de chirriarme.

El primero es la historia de Elena (Marta Etura), la encantadora mujer embarazada de Juan "Calzones" (Alberto Ammann). Lo siento por ella, pero en cuanto te la presentan ya te imaginas cómo va a acabar. Ese final de su historia me parece un recurso fácil para emocionar al espectador y que sobraba por previsible.




El segundo es la actuación del súper duro Utrilla (Antonio Resines). Entiendo su papel de malo en la historia. Es el responsable de la seguridad del centro penitenciario. Ya le vale que se pase en los interrogatorios, pero francamente ¿qué necesidad tenía él de coger un casco y una porra y salir a la calle?, ¿a qué?, ¿no había más malos para hacer eso?, ¿tiene él la exclusiva para hacer todas las maldades en esa cárcel?. Es cierto que de no ser así el desenlace de la película no sería el mismo, pero me parece que ahí han forzado un poco el guión.

Quitando estos dos puntos, sobre los que he plateado mi opinión estrictamente personal y que no tiene por qué coincidir con la tuya, he de decir que Celda 211 me parece una excelente película que además de verla por el placer de contemplar algo bien hecho, nos puede servir para reflexionar ampliamente sobre la Psicología de sus complejos personajes.

Saludos y que la disfrutes,



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miércoles, 3 de febrero de 2010

Ben X

Ben X me llamó la atención porque pensé que podía servir para ilustrar el tema de la adicción a Internet, más concretamente a la realidad virtual de los juegos online. De hecho la comentamos en una reunión que realizamos en nuestra sede de Second Life los miembros del grupo Psicología Virtual, ya que muestra claramente la transformación que sufrimos cuando nos conectamos a Internet y cambiamos nuestra personalidad real por la virtual.

La película es una producción de Bélgica y Holanda, siendo el primer largometraje del director Nic Baltazhar, que también es el autor de la historia, una novela para adolescentes basada en hechos reales, los que llevaron al suicidio a un joven autista atormentado por el acoso de sus “compañeros”. La novela fue adaptada para el teatro por el propio Baltazhar, que después la dirigiría en el cine. Y también se habla de la posibilidad de que se haga un “remake” en Estados Unidos.


La verdad es que todo esto lo desconocía la primera vez que vi la película. Está claro que la historia del protagonista es muy apropiada para estudiar los aspectos de la adicción a los videojuegos, pero evidentemente sus aspectos psicológicos pueden dar mucho más de sí.

Ya sabéis que me interesa mucho el tema de la conducta virtual y la proyección que en ocasiones se hace de la personalidad real en la personalidad virtual que hemos adoptado y viceversa.

Sin tener ningún tipo de trastorno psicológico, hay mucha gente que se siente muy identificada con su personalidad virtual, considerándola incluso más real que la suya propia, la física. Personas que se sienten más desinhibidas en los entornos virtuales, en los que se atreven a mostrarse como de verdad son sin vergüenza al "qué dirán" o en los que se atreven a mostrarse no como son, sino como les gustaría ser, que en el fondo es lo mismo. Esta situación puede ser muy satisfactoria para el individuo, que por unos momentos se siente liberado de las ataduras y corsés del mundo real. Argumento este que ya de por sí justifica en muchas ocasiones la aparición de la adicción.

De todo eso ya hemos hablado en muchas ocasiones y es evidentemente lo que le pasa a Ben (Greg Timmermans), el protagonista de la historia. Un chico con muchas dificultades para relacionarse y que no entiende por qué los demás son tan complicados.

Es incapaz de conectar con la gente, incluyendo a sus propios familiares que no le entienden, aunque lo verdaderamente problemático son sus compañeros, que le tienen como objeto de burlas y crueles bromas, que filman y luego cuelgan en Internet.

La atormentada existencia de Ben nos sobrecoge, fundamentalmente porque sabemos que estos casos de acoso escolar (bullying) son muy frecuentes y reales, hasta en el hecho de colgar después los vídeos en la red, para mayor escarnio y humillación de la víctima.

Pero el chico tiene un entorno en el que es feliz, en el que puede demostrar sus habilidades y en el que es admirado por todos, incluso por alguno de los que le hostigan en el colegio sin saber que se trata de la misma persona.

Ese entorno es ArchLord, un juego online al que se conecta todos los días a la misma hora, durante el mismo tiempo y en el que ha sido capaz de alcanzar un nivel 80, muy alto, siendo en ese entorno un héroe al que respetan por su pericia. Entre sus admiradores se encuentra Scarlite (Laura Verlinden), sanadora en el juego, amiga suya en realidad, aunque no se conocen en persona.



Las líneas que ahora siguen son un esbozo de los trastornos psicológicos de Ben. Para ello no tengo más remedio que comentar algunas escenas y desvelar parte del argumento, incluida la sorpresa final. Si no has visto la película, no sigas, es mejor que cada uno saque sus propias conclusiones. De lo contrario sigue leyendo y ya me dirás si estás de acuerdo conmigo.

Ben no es tonto, sabemos que tiene muchas habilidades que demuestra diariamente en el juego, pero tiene muchos problemas con las personas. El contacto con los demás le pone nervioso, lo que sí carece es de habilidades sociales, fundamentalmente porque no entiende las emociones (evidentemente no tiene inteligencia emocional), le cuesta expresar sus sentimientos y no sabe mentir. Eso le hace retraído, rehuyendo el contacto con la gente.

Su propia descripción en las escenas iniciales nos indica que es autista, más concretamente asperger, punto que más adelante se nos confirma. Sorprendentemente han tardado mucho en diagnosticarlo. De haberlo hecho con anterioridad quizás podría haber recibido la atención requerida y sus padres el apoyo necesario, pero los pobres están bastante despistados y no saben qué es lo que le pasa a su hijo.

También parecen ignorarlo en el colegio. Sus profesores no saben cómo tratarle y sus compañeros le han tomado por el objetivo fácil de sus burlas. Nadie parece consciente de su autismo.

Lo que tardamos más en descubrir es que Ben también sufre un trastorno de tipo esquizofrénico. La verdad es que faltan datos para confirmar tal aseveración, pero a mí me parece la explicación más probable. Y de hecho, en este caso, dicho trastorno ejerce una influencia beneficiosa en el estado general del muchacho.

Después de un encuentro fallido con Sacarlite, lo que realmente ocurrió, la chica acude en su ayuda, lo que ya es una alucinación, y desde entonces no se separa de él, quitándole las ideas suicidas que le rondaban la cabeza y animándole a tomar las riendas de su propia existencia, para dar así una inolvidable lección a los que le atormentaban.



La revelación de que su relación con Scarlite es alucinatoria constituye la sorpresa final a la que antes aludía, aunque la verdad es que nos dan bastantes pistas para que lo intuyamos con antelación. La chica va siempre vestida igual. Cuando están en un bar ella no tiene bebida. Nadie más que él le habla. Nadie se sorprende de que el solitario Ben tenga ahora una amiga inseparable…

Respecto a la evolución psicológica del muchacho, tenemos un aparente final feliz. Parece que por fin esta recibiendo la atención adecuada y que sus padres tienen el apoyo necesario. Le vemos en una sesión de equinoterapia con la que Ben está aprendiendo a canalizar y expresar sus sentimientos (puede acariciar a los caballos sin sentir la presión de tener que hablarles, aspecto este que suele ir muy bien en la terapia con autistas), incluso él mismo dice: “Nunca he sido lo que ellos llaman feliz, pero nunca he sido tan feliz como ahora”.

Ya sabemos que parte de esa felicidad y de su mejoría se debe a su amistad con Scarlite, pero… ¿qué pasará cuando le traten su esquizofrenia?.

Interesante dilema ¿verdad?. Tomar aquí una decisión acertada no es sencillo. En todo caso es un aragumento para debatir. Si te apetece ver más cosas sobre el autismo puedes ir a "Crazy in love" y si también te interesa la esquizofrenia no dejes de ver "Spider".

Saludos,



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