AVISO IMPORTANTE

AVISO: Las informaciones contenidas en este blog pueden desentrañar importantes aspectos del argumento, incluso del final de la película en cuestión.
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lunes, 17 de enero de 2011

Gracias por fumar - Reflexiones sobre la Ley Antitabaco

Ya tenía ganas de que entrase en vigor en España la dichosa Ley Antitabaco. Aunque no soy fumador, normalmente no me molesta en exceso que fumen a mi lado y no soy de los que señalan a los fumadores con el dedo. Ahora bien, sí me molesta el humo cuando estoy comiendo y no me deja saborear los platos por los que a veces pagas un dineral. También me molesta cuando entras en un taxi o en un local en el que han fumado intensamente y huele a humo rancio. Ya digo que soy respetuoso con los derechos de los fumadores, si quieren hacerlo allá ellos. Procuraba no entrar en los locales que anunciaban que se permitía fumar, pero me molestaba que en los bares que tenían ambientes separados, estos no estuviesen tan separados y el humo te llegaba de todas maneras.

Siento el desembolso que tuvieron que hacer los propietarios de establecimientos de hostelería y restauración para adecuarse a las anteriores normas, pero en muchísimos casos esa “adecuación” fallaba por todas partes. Mi simpatía está con los que de verdad consiguieron ambientes auténticamente separados y ahora toda la inversión no sirve para nada. Creo que a ellos se les debería de indemnizar.

Pero sinceramente pienso que dentro de unos meses nos acostumbraremos a no fumar en locales públicos y dejaremos de hablar de esto, igual que tampoco hablamos ya de los controladores. Temas más acuciantes, como la crisis, ocuparán nuestra atención curiosamente distraída por la actualidad de… ¡caramba! por lo de los controladores y lo del tabaco ¿será coincidencia?.

El caso es que con todo este lío, me han venido a la mente muchísimas cosas, entre ellas la película “Gracias por fumar”, quizás también porque la última que comenté (Up in the air) era del mismo director, Jason Reitman. Pero a mí me gusta me gusta más ésta, la encuentro una comedia muy divertida e inteligente.



Al igual que en Up in the air, Reitman nos presenta un hombre apegado a su trabajo, un trabajo duro y desagradecido, pero que el protagonista lleva con tremenda dignidad. De hecho, estoy seguro de que muchos aquí darían cualquier cosa porque apareciese un Nick Naylor (Aaron Eckhart) desempeñando tan fabulosamente bien como en la película el papel de Defensor de los Derechos de los Fumadores, porque sí, a eso se dedica el avispado señor Naylor, un ejecutivo perspicaz y rápido de reflejos intelectuales, capaz de dar la vuelta a una audiencia en contra en un programa de debate, de volver contra sí los argumentos de cualquier político o de conseguir que un enfermo terminal de cáncer acepte un chantaje que en principio le habría tirado a la cara.

A pesar de representar un peligro para la salud pública, es inevitable que este ejecutivo tabacalero nos caiga bien. Su personaje rebosa de habilidades sociales y destaca por su inteligencia emocional. Sabe calar a su interlocutor, adivinar lo que piensa y lo que siente y conseguir que parezca que en el fondo están de acuerdo. Además es un personaje creíble y todo gracias a la interpretación de Aaron Eckhart. El guión parece hecho a su medida y con su aspecto desenfadado y de cara dura al límite de la legalidad, nos hace pasar un rato muy agradable en medio de una historia que podría ser bastante dramática.

Además la película está plagada de momentos cumbre, con frases dignas de ser enmarcadas, algunas de las cuales las puedes encontrar en las secuencias que he seleccionado.



Y es que lo del fumar es una cosa muy seria. Cuando hablamos de drogas, a veces no me resisto a introducir una pregunta, aparentemente inocente, en la conversación: “¿Y tú cuál crees que es la droga más peligrosa?”. Independientemente de cuál sea la respuesta, el dato al quiero llegar es que en España la sustancia que más muertes directas causa es el tabaco y la que más problemas sociales genera es el alcohol. Las dos drogas legales que curiosamente forman parte de nuestra cultura.

Al igual que se dice en la película, todos asumimos que el tabaco es algo malo y que mata lentamente. Por eso mismo le hemos perdido el miedo, confiamos en que las consecuencias negativas tarden en llegar y mientras tanto nos vamos arriesgando con la esperanza de que el peligro pase de largo. Sabemos que el tabaco mata, pero nos resignamos pensando que “de algo hay que morir”.

Sorprendentemente no siempre tenemos una actitud tan sumisa ante los peligros del consumo. Haz un ejercicio de memoria, sitúate hace unos quince años en el tiempo. ¿Te acuerdas de la Encefalopatía Espongiforme Bovina?. Bueno, igual eras muy joven, pero si te hablo de la “Enfermedad de las Vacas Locas” igual te suena más. ¿A qué viene esto?. Pues es un ejemplo para que veas lo complicadas que somos las personas. En aquella época tuvo mucho eco en la prensa esta enfermedad de origen animal y cuyo contagio se asociaba probablemente al consumo de carne de animales infectados. Este posible origen no confirmado (hubo personas a las que se les diagnosticó la enfermedad y que eran vegetarianos estrictos) originó un acusado descenso en el consumo de carne de vaca. En cambio la asociación, no probable sino segura, entre el consumo de tabaco y el cáncer de pulmón no provoca una disminución del consumo. ¿Por qué ocurre esto?, pues porque el fumar conlleva un riesgo inherente que tenemos asumido y admitido, en cambio comerse un entrecot no suponía demasiado peligro… hasta entonces.

Date cuenta que según esto, el que el tabaco nos prepare una muerte dolorosa no nos asusta demasiado, lo aceptamos y de poco o de nada sirve que en las cajetillas nos avisen de que es peligroso o nos pongan fotos de pulmones deshechos. El fumar es un gesto automático y ni miramos la cajetilla.

Pero si todo eso ya lo saben y siguen consumiendo ¿de qué se quejan entonces los fumadores que demandan a las tabacaleras?. Pues de que la industria manipula directamente la composición de los cigarrillos para que sean más adictivos, efecto que se consigue tratando, por ejemplo, las labores del tabaco con amoniaco sin que se avise al consumidor de sus “efectos secundarios”. Ésta y otras sustancias, cuya composición no figura en las cajetillas, consiguen que la nicotina llegue mejor al torrente sanguíneo, que el humo irrite menos y cosas así. Consecuencia: el individuo se engancha mucho más fácilmente aunque el cigarrillo sea bajo en nicotina.



Y tenemos que tener en cuenta que la adicción al tabaco es una de las más difíciles de abandonar. Como ocurre en la mayoría de los casos, por una parte tiene un componente físico, que se debe a que nuestro organismo se ha acostumbrado a la nicotina y la necesita para funcionar. Por otra tiene un componente psicológico, debido a que hemos asociado el fumar a muchos momentos de nuestra vida cotidiana. El primer cigarrillo de la mañana suele ser el más apetecible precisamente porque nuestro cuerpo está prácticamente en síndrome de abstinencia, pero no se disfrutan menos el de la cervecita con los amigos o el del cafetito de después de comer, por ejemplo. Éstas y otras muchas situaciones no serían lo mismo si les quitásemos el cigarrito y eso se debe a que, a fuerza de repetirlo, hemos realizado un aprendizaje que nos indica que ambos sucesos ocurren juntos y no disfrutamos de lo uno si falta el otro. A diferencia de otras drogas cuyo consumo es menos frecuente, el tabaco está asociado a multitud de momentos de nuestra vida y en cada uno de ellos nuestro cerebro nos indicará que es hora de fumar, esa es la verdadera dificultad de abandonar esta adicción.

A veces puede sorprender que la dependencia física, la que se produce por falta de nicotina, desaparece después de poco más de una semana de haber dejado de fumar. Pero la dependencia psicológica, la debida al aprendizaje, es muchísimo más duradera. No es por nada, pero si estás intentando dejar de fumar, más que gastarte el dinero en parches de nicotina deberías ir al psicólogo. A veces piensas que si deseas fumar es porque tu cuerpo necesita nicotina y lo que ocurre es que simplemente tu cerebro te está recordando lo que habías aprendido, que en la situación en la que estás lo que toca es un cigarrito.

Para terminar una cosa curiosa, la historia del Hombre Marlboro que nos cuentan en la película está basada en la realidad. La compañía Philip Morris lanzó en los años veinte unos cigarrillos con filtro destinados al público femenino y el reclamo era precisamente la suavidad que les proporcionaba semejante complemento.



Pero vender cigarrillos sólo para mujeres no era suficiente negocio, así que años más tarde los anuncios del vaquero de Marlboro intentaban recuperar el aire viril de los cigarrillos con filtro. La campaña fue un éxito y se ha mantenido con distintas variaciones hasta hace poco, siendo varios actores los que la protagonizaron. El primero fue William Thourlby, pero entre los que se siguieron estaban Wayne McLaren y David McLean. Los dos murieron de cáncer de pulmón después de fumar habitualmente “Marlboro Reds”. McLaren en los últimos años de su vida apoyó activamente la Ley Antitabaco en Estados Unidos y, al igual que en la película, la compañía intentó negar que participase en sus anuncios. En el último que protagonizó se superponían las imágenes del anuncio original, a caballo, con las de la cama del hospital entubado.



Cuando la publicidad te quiere vender algo, te lo vende y emplea métodos igual de contundentes tanto para convencerte de una idea como de la contraria. Así que como les explicaba Naylor a los niños, lo mejor es no dejar que nos convenzan de lo que tenemos que pensar y tener nuestras propias ideas, pero... ¿podremos?



Saludos,



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lunes, 22 de marzo de 2010

Shutter Island

Confieso que Shutter Island consiguió despistarme. Conste que lo digo como algo positivo. A medida que la iba viendo fui formulando varias hipótesis que luego se vieron rechazadas o confirmadas sólo a medias. Es de esas películas que tienen un final esclarecedor y con una última escena que te deja pensativo.

En resumen, una buena historia, bien desarrollada y dirigida por Martin Scorsese, que te mantiene atento todo el tiempo y, sobre todo, que te deja con ganas de hablar de ella al salir del cine.

Parece una historia más complicada de lo que en realidad es y quizás a alguien le asuste un poco la trama psicopatológica, pero la verdad es que, tal y como está planteada, se entiende muy bien porque no se mete en demasiados tecnicismos.

En definitiva es la historia de Teddy Daniels, un agente judicial, brillantemente interpretado por Leonardo DiCaprio, que acude con su ayudante, Mark Ruffalo, a una remota institución psiquiátrica en la que están internados peligrosos delincuentes con serios trastornos mentales.

Ambientada a mediados de los años cincuenta, nos encontramos en una institución fría, asfixiante, claustrofóbica… Esta mezcla de manicomio y cárcel está situada en una escarpada isla, a dieciocho kilómetros de la costa. Una de las muchas que hay en las proximidades de Boston.



Parece un entorno totalmente seguro, pero de él se ha escapado misteriosamente una interna sin que parezca haber ninguna explicación posible. Enseguida te das cuenta de que hay algo más. Los guardianes y el personal médico mantienen una actitud reservada, poco colaboradora y hasta hostil con los dos agentes. La teoría de la conspiración aflora y tal parece que Daniels y su ayudante no saldrán vivos de la institución.

Antes de seguir he de hacer ahora una advertencia. Al contrario de muchas de las películas que comento, ésta es bastante actual y puede que aún no la hayas visto. Si ese es tu caso deja de leer ahora, pues quiero hablar de varios aspectos del desarrollo que es mejor que los veas tú mismo, sobre todo, el final, que es una de las partes más logradas.

Bien, como decía antes, el sórdido ambiente y la actitud de aparente complicidad de todo el personal parecen explicarse por una teoría conspirativa. Algo extraño ocurre en la isla, todos lo quieren ocultar y Rachel Solando, la fugada, parece que es la clave.

En un momento, la propia Rachel afirma: “Los médicos dicen que estás loco y si defiendes lo contrario sólo corroboras su diagnóstico. Una vez que te han declarado demente, cualquier cosa que hagas formará parte de ese estado. Si se te ocurre protestar sufres negación. Si te asalta el miedo, paranoia”.

Tal parece que los agentes judiciales están investigando demasiado, así que llegas a pensar que la mejor manera de detenerles será internándoles a ellos mismos. En aquel entorno todo parece posible y nadie hará caso de dos locos.


Pero esa especie de versión moderna de “Corredor sin retorno” no parece estar demasiado lejana. Es evidente que algo le ocurre al agente Daniels. Tiene ensoñaciones en las que revive vívidamente pasajes del pasado, de la guerra concretamente. Además periódicamente tiene alucinaciones en las que ve a su mujer, fallecida en un incendio, que le previene de acontecimientos y le dice lo que debe hacer.

La situación se va complicando a medida que más misterios se van añadiendo a la investigación. La conspiración parece cierta y el que Daniels consiga salir de la institución, improbable.

Y es que es cierto que el agente tiene alucinaciones. Puede padecer trastorno de estrés postraumático por lo que vivió en la guerra y además se siente culpable por la muerte de su mujer y por no haber evitado la de sus hijos. La situación le ha trastornado, sufre un trastorno psicótico, probablemente esquizofrenia. Él fue agente, pero ahora es un interno de la institución. Está sometido a un tratamiento farmacológico a base de Clorpromazina, pero no responde adecuadamente a él porque se ha fabricado una historia para dar sentido a todo lo que le ha pasado y eso interfiere en su proceso curativo.

El doctor Cawley (Ben Kingsley) ha montado un psicodrama para hacerle salir de su fantasía. Una especie de “role-playing”, para que Daniels vea lo incongruente de su historia y asuma la realidad. Es su única oportunidad. Si la medicación no funciona tendrán que dejar paso a la cirugía. Es un paciente muy violento, ya ha agredido a varias personas en la institución. De no encontrar una solución rápida le practicarán una lobotomía.

Pero al final el proceso funciona y el “agente” recuerda todo lo que pasó. La representación ha sido un éxito, ahora sabe que Daniels es un personaje inventado, en realidad es Andrew Laeddis. Fue él quien mató a su mujer cuando vio que había ahogado a sus tres hijos y desde entonces la culpa lo persigue.

Por fin la terapia farmacológica puede tener una oportunidad de éxito. Pero Laeddis, que se ha fabricado toda una historia para huir de la realidad, ahora tampoco está dispuesto a aceptarla. Ante la opción de asumir los hechos y curarse o de negarlos y seguir siendo un “loco”, prefiere la segunda. Por muy dura que parezca, la última escena de la película, es una representación, ahora consciente, para conseguir que le hagan una lobotomía. Es la única manera que le queda de salirse con la suya, de persistir en su postura inicial, de seguir negando la realidad.

Las últimas frases de Laeddis son significativas: “Este lugar hace que me pregunte qué seria peor. Vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno”. Ya sabemos qué eligió.



Y bien, una última cuestión antes de terminar. ¿Te acuerdas de la nota que encuentran en la habitación de Rachel?. Había dos frases escritas en ella: “La ley de los 4” y “¿Quién es el 67?”.

Son pistas para guiar a Daniels – Laeddis en su investigación introspectiva. Una le hace investigar sobre el paciente 67 para que descubra que es él mismo. La otra también lleva en la misma dirección. Le indica por una parte que Rachel y Dolores son la misma persona e igualmente sucede con Teddy y Andrew.



El doctor Cawley se lo demuestra a Daniels con la ayuda de una pizarra. Y aunque se lo dice, mucha gente no repara que está hablando de “La ley de los 4”.

Saludos,



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lunes, 8 de marzo de 2010

Olvídate de mí

El tema de la amnesia es algo que siempre da mucho juego en el cine. Eso de ver a un personaje que no reconoce personas, hechos o lugares que han sido importantes en su vida anterior nos llama mucho la atención y bien utilizado es un recurso que te sobrecoge o que te provoca hilaridad. Ambas cosas aseguran el éxito de una película.

Tal es el caso de “Olvídate de mí” (Eternal sunshine of the spotless mind (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos) un nuevo aplauso para el traductor), una película que nos plantea una historia de amor en la que además se hacen guiños a la ética y la ciencia ficción.

En ella nos encontramos al histriónico Jim Carrey interpretando a Joel, un papel serio, y a la seria Kate Winslet haciendo de Clementine, un papel disparatado. Una dispar pareja que se enamora al instante pero que acaban un poco hartos el uno del otro al cabo del tiempo. Tanto es así que Clementine acude a una clínica en la que mediante un tratamiento borran todos sus recuerdos de Joel y así puede empezar una nueva vida sin él.


Cuando después del despiste inicial, Joel se entera de lo que pasa, él mismo decide someterse también al tratamiento y olvidarse de Clementine, para lo cual tiene que recopilar todos los objetos que le relacionan con la chica y hacer una lista de todos los sucesos vividos con ella. Mientras que examina ambas cosas se le hace un escáner y así consiguen un mapa físico de dónde se localiza en su cerebro cada uno de sus recuerdos. Así, teniéndolos ubicados, luego es muy rápido acceder a ellos para borrarlos.

Dicho proceso se realizará un día mientras que él duerma. Los operarios de la clínica se presentarán en su casa y mediante un “sofisticado” aparato le borrarán todos los recuerdos localizados sobre su novia.

Bueno, esa es la teoría, porque en la práctica las cosas se complican. Durante el proceso de borrado Joel está dormido, pero es consciente de lo que le están haciendo. Revive los recuerdos como en un sueño y mientras lo hace se da cuenta que no quiere olvidar a Clementine. Lucha por conservar su memoria en una emotiva aventura onírica con la chica, en la que intenta crear algún recuerdo nuevo, no catalogado, en el que refugiarse y así poder acordarse de su novia al despertar. Es algo así como cuando estás dormido y te das cuenta de que estas soñando, que tomas alguna decisión intentando no despertar o para acordarte de algo cuando lo hagas.


La aventura subconsciente de Joel es muy curiosa y está muy bien lograda. De hecho una de las cosas que más llama la atención de la película es el montaje de las imágenes, barajando lo que es presente, recuerdo, realidad, fantasía y sueño.

Es una de esas historias en las que nos van dando información de manera desordenada y que cuando consigues poner todas las piezas en su sitio, lo que parecía que iba en un sentido te das cuenta que en la realidad tiene otro totalmente opuesto.

Tal planteamiento hizo que “Olvídate de mí” recibiese un Oscar al mejor guión en 2004. Debe ser algo que les gusta bastante a los académicos de Hollywood, porque en 2006 le dieron también un Oscar a Crash por lo mismo y Memento estuvo nominada en el 2002 en esa categoría. Y conste que cito sólo éstas por hablar de películas anteriormente comentadas en este blog.

Por último hay dos aspectos sobre los que también podemos reflexionar. El primero es la utilización fraudulenta que podrían hacer de los recuerdos los especialistas encargados de borrarlos. Se supone que el proceso estaría sometido a un estricto código deontológico, al igual que el historial de un médico, o un psicólogo, que impediría tal tipo de utilización. Pero, de poder realizarse un proceso así, siempre nos queda la duda de lo que alguien podría hacer con algo tan intenso y personal como son nuestros propios recuerdos.



La otra cuestión se refiere a las consecuencias que tendría el olvido selectivo de recuerdos. Independientemente de que se pueda, ¿reportaría algún beneficio hacerlo?. Es cierto que hay cosas en nuestra vida que nos gustaría no haber hecho, o en su defecto poder olvidarlas, pero precisamente su recuerdo es lo que mejor nos preserva de su repetición, así que no parece que el olvido sea solución para nada, ni cuando se trate de experiencias muy dolorosas.

Nuestra personalidad está modulada por nuestros recuerdos, positivos y negativos, alegres y tristes. La solución no es olvidar una tristeza, sino asimilarla e intentar que esa tristeza sea sustituida por una alegría y no por otra tristeza.

En fin, si quieres ver otros acercamientos que ha hecho el cine a estos temas mira Abre los ojos, Proyecto Brainstorm, Paycheck, La Memoria de los Muertos, El mensajero del miedo o Desafío Total, por seguir citando sólo alguna de las películas que hemos comentado anteriormente.

Saludos,



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viernes, 5 de marzo de 2010

Celda 211

Vi Celda 211 después de la entrega de los Goya de este año. Craso error y lo sabía. Después del rotundo éxito de la película en dicho certamen tienes las expectativas muy altas. Pero afortunadamente no me decepcionó. La historia está muy bien planteada, la interpretación por lo general me pareció estupenda, igual que la narración, la ambientación, el ritmo y todo lo demás. En definitiva, una muy buena película de Daniel Monzón.




Desde el punto de vista psicológico, es evidente que la historia de una revuelta en una cárcel nos dibuja un marco ideal para estudiar situaciones límite y la respuesta humana ante ellas. Aspectos como el liderazgo, la autoridad, la sumisión, las emociones, la ansiedad, el estrés y la necesidad de adaptación a una situación que cambia rápidamente es algo que nos queda tremendamente claro viendo la película.




La verdad es que estaba tentado a tratar de todo ello en esta entrada, pero es algo que ya comenté hablando de “El Experimento” (recordad la respuesta que Philip Zimbardo daba a la pregunta de ¿por qué las personas buenas hacen en ocasiones cosas malas?), “La Ola” e incluso "La Naranja Mecánica".

Por ello, en el aspecto de la Psicología en general y de la Psicología Social en particular, Celda 211 no nos sirve para abrir ningún debate nuevo, sino para ponerla en relación con las películas anteriormente comentadas. Por mi parte, intentar otra cosa sería repetitivo.

En cuanto a la historia ya he dicho que me parece excelente, y que retrata fenomenalmente el ambiente carcelario. En el marco de la UNED he asistido varias veces al Centro Penitenciario de Palma de Mallorca (nada que ver con el que aparece en la película) y sí, hay una cosa que te llama la atención, sobre todo la primera vez que entras. Es cuando en los sucesivos controles vas dejando tus efectos personales (documentación, móvil, llaves...) y vas viendo (sintiendo) cómo se cierran las puertas tras de ti. Inconscientemente no puedes evitar preguntarte si luego se volverán a abrir.

Algunos de los reclusos con los que traté tenían bastante semblanza con los de la película, incluso con "Malamadre" (Luis Tosar), duros que en el fondo son ingénuos. Otros sorprendían por su cultura y educación y no sabías bien qué es lo que hacían allí.



Pero volviendo a la trama de la película, no puedo evitar comentar dos puntos que no dejan de chirriarme.

El primero es la historia de Elena (Marta Etura), la encantadora mujer embarazada de Juan "Calzones" (Alberto Ammann). Lo siento por ella, pero en cuanto te la presentan ya te imaginas cómo va a acabar. Ese final de su historia me parece un recurso fácil para emocionar al espectador y que sobraba por previsible.




El segundo es la actuación del súper duro Utrilla (Antonio Resines). Entiendo su papel de malo en la historia. Es el responsable de la seguridad del centro penitenciario. Ya le vale que se pase en los interrogatorios, pero francamente ¿qué necesidad tenía él de coger un casco y una porra y salir a la calle?, ¿a qué?, ¿no había más malos para hacer eso?, ¿tiene él la exclusiva para hacer todas las maldades en esa cárcel?. Es cierto que de no ser así el desenlace de la película no sería el mismo, pero me parece que ahí han forzado un poco el guión.

Quitando estos dos puntos, sobre los que he plateado mi opinión estrictamente personal y que no tiene por qué coincidir con la tuya, he de decir que Celda 211 me parece una excelente película que además de verla por el placer de contemplar algo bien hecho, nos puede servir para reflexionar ampliamente sobre la Psicología de sus complejos personajes.

Saludos y que la disfrutes,



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jueves, 4 de marzo de 2010

Cine Fórum La Naranja Mecánica

El próximo viernes día 12 de marzo, a las 19:00 se celebrará en el salón de actos del Colegio Oficial de Médicos de Baleares, Palma de Mallorca, una sesión de cine fórum sobre La Naranja Mecánica.

Se tratarán los temas de la psicosis y el libre albedrío, según el siguiente programa:



La inscripción es gratuita y se ha de realizar mediante correo electrónico dirigido a: formacion@comib.com




Para más información sobre los aspectos psicológicos de la película podéis acceder aquí al comentario realizado anteriormente en este blog.

Saludos,

lunes, 2 de marzo de 2009

Camino

Manipulando sobre la manipulación o... cómo criticar empleando los mismos métodos de lo criticado.


Camino es una película que no te deja indiferente. Sales cabreado, bien con el Opus o bien con el director. Yo salí enfadado con los dos. Lo del Opus me lo imaginaba. No tengo contacto con “la obra” pero conozco gente que sí lo ha tenido y las experiencias que me han contado son “compatibles” con las que aparecen en la película. Así que aunque no te cuenten nada nuevo, te sientes mal al ver cómo manipulan a las personas.

Los simpatizantes del Opus imagino que saldrán enfadados con Fesser porque les deja bastante mal y probablemente argumenten que da una versión tergiversada, malintencionada y torticera de sus objetivos y formas de actuación. No sé si tendrán razón y tampoco me interesa mucho meterme en eso ahora. Otro día hablaremos de sectas y los mecanismos de lavado de cerebro que emplean y quizás entonces podamos debatir sobre si metemos en el saco al Opus o no.

Lo cierto es que soy contrario a los integrismos y por ello no comparto el paradigma de la obra de monseñor Escrivá. Respeto la ideología, pero no la comprendo. Creo que es muy criticable y la mejor manera de hacerlo es sacar a la luz pública sus métodos. Fesser habría realizado una gran labor ajustándose a eso. Tenía argumentos suficientes para ello.


Trailer de "Camino"


Lo que no me gustó, y me enfadó, son los recursos sentimentales e innecesarios que emplea para aumentar el tono emocional de la película. Me refiero por una parte a los malentendidos que se generan a costa de la historia sentimental de la niña. Y por otra parte, a la caracterización de sus padres, que son auténticos personajes de Walt Disney, parecen la madrastra de Cenicienta y el padre de El Rey León. No era necesario hacernos llorar así para tocarnos la fibra sensible y contar una historia que de por sí ya tiene muchísima fuerza. El empleo de esos recursos, a mi juicio, le resta credibilidad al argumento.

Por lo demás es una película muy bien hecha y con una estupenda interpretación de los actores, que no seobreactúan, teniendo en cuenta que sería fácil que cayesen en ello. Como a casi todos, me gustó particularmente Nerea Camacho, que consigue que parezca creíble el acercamiento que hace al amor de la mano de la muerte y que destaca especialmente en los fragmentos oníricos, que sirven de contrapunto a la historia real que vive la muchacha.


Bien, en otro sentido y centrándonos más en el tema, probablemente te preguntes por qué hablar de Camino en un sitio como éste, pero es que además de la experiencia psicológica que experimentan los protagonistas, me interesa el ambiente religioso que se refleja.


El hecho general es que la mayoría de la población mundial mantiene creencias religiosas, por lo menos de manera declarada, mientras que una minoría, cada vez con más peso, mantiene este tipo de creencias al margen de su ética y su moral.

Dado que en los dos segmentos poblacionales nos encontramos igualmente con personas que destacan por su bondad, integridad, espíritu de justicia… o por exactamente lo contrario, siempre me he preguntado ¿qué es lo que hace que una persona tenga creencias religiosas?, como rasgo de personalidad, me refiero.

Antes de seguir debo señalar que formalmente me declaro agnóstico. Aunque crecí en una familia coherentemente católica y recibí educación religiosa, nunca fui creyente. Las cosas que al respecto me contaban en casa, y sobre todo en el colegio, la mayoría de las veces las percibía como irreales. Ya sé que la Biblia no se puede interpretar al pie de la letra, pero recuerdo que cuando nos explicaban la Historia Sagrada, que a los niños nos gustaba mucho, siempre pensaba que los hechos milagrosos tendrían una explicación lógica. Que las murallas de Jericó cayeron por un terremoto que debió ocurrir mientras los israelitas daban vueltas con sus trompetas, que Lázaro en verdad no estaba muerto… cosas así. Para mí el mérito divino consistía en hacer coincidir los hechos adecuados en el momento oportuno, que ya era bastante, pero así me ahorraba la explicación sobrenatural de los acontecimientos.

Con mi mentalidad infantil no acertaba a saber qué me impedía aceptar las explicaciones que a los otros niños les encantaban, pero es que a mí no me cabía en la cabeza que Dios crease un universo con unas leyes físicas perfectamente trabajadas y luego se las saltase para demostrar su poder. Es como si el diseñador de un juego, para demostrar su pericia en él, se saltase las reglas que había creado y se dedicase a hacer trampas.

Al final te acabas haciendo tu marco de referencia ético-científico-moral y procuras ser coherente con él. Pero es difícil ser agnóstico en un país creyente, sobre todo cuando estás afianzando tus ideas. Cuando murió Franco yo ya estaba en la universidad, así que mi adolescencia la pasé en una sociedad religiosa.

En un ambiente así, cuando a alguien le dicías que no crees en Dios, invariablemente me veía envuelto en una conversación semejante a la siguiente:

- “¡¿Qué no crees en Dios?!, y entonces ¿quién ha creado todo esto?.

- Pues no estoy seguro ¿quién ha sido según tú?.

- ¡Dios!, claro.

- ¡Y quién creó a Dios?.

- ¿A Dios?. ¡Qué tonterías dices!. A Dios no le creó nadie, ha existido siempre.

- ¿Y por qué no pudo haber existido siempre el Universo de una manera u otra?.

- Pues… ¡porque no!. El Universo lo tuvo que crear alguien.

- ¿Y a Dios no?, ¿por qué?.

- Ya te lo he dicho, porque no, porque estaba ahí desde el principio.

- Vale, pues estamos los dos igual. Ninguno sabemos lo que pasó al principio, sólo que yo me he ahorrado un paso.

Entonces no conocía lo de la Navaja de Occam (“no ha de presumirse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias”), pero se ve que lo intuía ya.

El caso es que las veces que he preguntado a los creyentes por qué creen, nunca me han dado una explicación convincente. La verdad es que muchas veces ni se lo plantean. Aunque también hay que decir que yo tampoco les he convencido a ellos nunca, así que la cosa queda en tablas.


De todas maneras, visto como va el mundo en la actualidad, si fuese creyente pensaría que Dios creó el universo en seis días, al séptimo descansó y desde entonces no ha dado un palo al agua, aunque como eso de los días es metafórico y en realidad esos periodos bíblicos duraban miles de millones de años, igual es que aún estamos en su domingo y el lunes que viene se levanta con ánimo de enderezar las cosas, que la creación se le ha torcido un pelín.

Por otra parte, puede parecer esclarecedor el hecho de que la inmensa mayoría de los pueblos del planet hayan desarrollado alguna forma religiosa y tengan creencias divinas. El caso es que las culturas, ante problemas semejantes suelen encontrar soluciones semejantes y la religión es una importante forma de control social que conlleva una serie de actuaciones que facilita enormemente el mantenimiento de las civilizaciones que la desarrollan.

Las religiones entonces, existen no ya porque sean verdaderas, que no lo sé ni tengo medio de negarlo, sino porque son útiles, muy útiles. Tanto es así que si Dios no existiese habría que crearlo, así que lo que me pregunto es si no es eso lo que hemos hecho en verdad. Es más, creo que cada cultura crea sus dioses a su imagen y semejanza y no al revés. Examina la idiosincrasia de cada pueblo y su dios y sabrás por qué lo digo.

Otra cuestión es el importante consuelo psicológico que supone llevarte bien con tu dios. En principio te asegura la felicidad eterna, sea a base de vírgenes, de la contemplación de la belleza divina o de ambas cosas a la vez… como nadie ha vuelto para contarlo. Puede que esto te parezca una tontería, pero como dice Eduard Punset en su libro “El viaje a la Felicidad”, hace poco más de doscientos años, cuando la esperanza de vida de los humanos era de apenas treinta años, lo justo para reproducirse y poco más, era normal creer que la felicidad llegaría en la vida futura que estaba por venir, porque en esta había sitio para pocas alegrías.

Jorge Manrique en las "Coplas por la muerte de su padre" decía:


Este mundo bueno fue
si bien usásemos dél
como debemos,
porque, segund nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.



Coplas por la muerte de su padre

Cantadas por Paco Ibañez


Y como alegrías había pocas y penas bastantes, éstas se hacían más llevaderas si pensamos que son pruebas que Dios nos pone para ganarnos la salvación. Igual que la madre de Camino está convencida que Él ha elegido a su hija porque la quiere llevar consigo.


Es difícil para un padre asumir la muerte de un hijo. Estamos preparados para aceptar la muerte de nuestros padres, pero no la de nuestros hijos. Sin embargo ella le da gracias a Dios todos los días por la enfermedad de su hija. Evidentemente quiere sentir lo que dice para no decir lo que siente, por muy devota que sea. En fin, quien no se consuela… Para unos el argumento de la madre tendrá razón de ser, para otros será absurdo, todo dependerá de lo que cada uno crea.

Esto me recuerda un chiste de Faemino y Cansado.

Pregunta: “¿Por qué los de Lepe creen en Dios?.”
Respuesta: “Por la fe”.

No os lo toméis a mal. De buen rollo ¿eh?.

Saludos,


jueves, 22 de enero de 2009

El mensajero del miedo (detergente cerebral, busque, compare y si encuentra algo mejor... ¡cómprelo!)

Somos personas porque tenemos capacidad de razonar y además gozamos de libre albedrío, por lo menos eso sería lo ideal. Así, en situación de libertad, podremos hacer lo que se nos antoje siempre y cuando nuestras capacidades y nuestra moral nos lo permita.

En ocasiones nuestra libertad está restringida y nos vemos obligados a hacer lo que otras personas desean. Esto nos crea un malestar, una disonancia, porque a nosotros no nos gusta que nos impongan voluntades ajenas. Queremos ver, leer, hacer, comprar, vestir, aparentar, estudiar... lo que nos apetece y si lo conseguimos somos felices.

Pero... ¿funcionaría la sociedad si de verdad pudiésemos hacer lo que queremos?. Claro que no, pero entendedme, no me refiero a la anarquía carente de leyes. Me refiero a una situación justa, en la que pudiésemos hacer lo que deseamos sin perjudicar a los demás. La respuesta volvería a ser NO. La sociedad necesita que todos nos movamos por unos determinados cauces. El truco para conseguirlo y que sigamos siendo felices, es que nosotros estemos convencidos de que nos movemos así sin que nadie nos obligue, que lo hacemos por propia voluntad, sin manipulaciones externas. Así tendremos sensación de autonomía y estaremos contentos. Haremos lo que otras personas han planeado, pero como no nos enteramos seremos felices.

A mi juicio la sociedad tiene tres grandes herramientas para mover las masas. Por orden de antigüedad me refiero a: la religión, la política y la publicidad. En las tres nos encontramos con variedades agresivas y con variedades sutiles, pero en definitiva consiguen que queramos ver, leer, hacer, comprar, vestir, aparentar, estudiar... lo que a otros les apetece. Así gana la mayoría y el individuo también está contento. Todos bien. Situación idílica de felicidad asegurada y compartida. ¿Se nota que aún me dura el efecto de las navidades?.

Todas estas manipulaciones las consideramos normales y en general las aceptamos. Nos dejamos llevar. Intentamos explicar a nuestros hijos que no todo lo que dicen los anuncios es cierto, ni lo que prometen los candidatos, ni lo que piden los curas. Con eso y con cosas parecidas nos damos por satisfechos y nuestra rebeldía contra el sistema está a salvo. "Yo no me dejo convencer tan fácilmente".

Pero eso sí, nos escandalizamos cuando nos hablan de sectas que captan adolescentes separándolos de sus familias, de iluminados, políticos o religiosos, que les convencen para que se sacrifiquen por una causa, la que a ellos les interesa. Y desde los kamikazes hasta los terroristas suicidas (perdón por este enlace, pero es que me parece que me estaba poniendo muy serio) puedes escoger el ejemplo que más te guste.

¿Pero cómo es posible que les convenzan para hacer algo así?. Alguien dirá "les lavan el cerebro". Pues parece ciencia ficción pero es verdad. En el fondo las ligeras manipulaciones a las que nos someten los medios de comunicación al servicio de los susodichos intereses políticos, religiosos o publicitarios, son también lavados de cerebro, así que no nos escandalicemos. Si recuerdas la película "1984", basada en la novela homónima de George Orwell, sabrás a lo que me refiero, aunque en este caso las manipulaciones no eran tan ligeras y ocurrían en una sociedad totalitaria.


Lo que pasa es que la expresión "lavado de cerebro", así de repente parece muy fuerte. Lo asociamos con tortura y esa podría ser la idea original. Una tortura que anula la voluntad y creencias del individuo para conseguir que asuma la de sus torturadores. Se acuñó en Estados Unidos, después de la Guerra de Corea, cuando se vio que algunos soldados que habían sido hechos prisioneros durante el conflicto, a su regreso hablaban maravillas del comunismo en lugar de echar pestes de él. El proceso no se debía a lo que ahora llamaríamos Síndrome de Estocolmo, sino a un adoctrinamiento que combinaba procedimientos psicológicos y psiquiátricos, junto con el empleo de fármacos y técnicas de aislamiento, privación de sueño y alimentos. Como decía antes, toda una tortura destinada a anular la voluntad y las creencias del individuo para implantarle otras nuevas.

En "El mensajero del miedo", la película de 1962 de John Frankenheimer, se nos relata todo esto. Es un interesante thriller, protagonizado por Frank Sinatra y Laurence Harvey, en el que se nos describe de una manera efectista el proceso al que fueron sometidos los prisioneros y el perverso fin que se pretende alcanzar.

Una de las escenas más impactantes quizás es cuando los científicos, supuestamente chinos, les demuestran a sus colegas, supuestamente rusos, los resultados conseguidos.


En 2004 se hizo un remake de El mensajero del miedo. Dirigido por Jonathan Demme y protagonizado por Denzel Washington y Liev Schreiber, es un film que mantiene la trama original aunque con ligeros cambios. La historia adquiere mayor ritmo y está más adaptada al gusto actual. Y aunque la acción bélica transcurre en los días previos a la Guerra del Golfo, los malos no son los iraquíes, sino los miembros de una corporación financiera que a toda costa quiere colocar a su candidato en la presidencia, aunque no sé cómo pretendían hacer pasar a alguien tan robotizado.

Destaca aquí el malvado papel que interpreta Meryl Streep, mucho más intrigante que el equivalente que hizo la perspicaz Angela Lansbury en 1962.


Si os fijáis, estos procedimientos recuerdan a las técnicas de modificación de conducta que empleamos con notable éxito los psicólogos. Constituyen un excelente recurso en procesos de terapia y también de enseñanza, lo que no obsta para de vez en cuando los veamos empleados malintencionadamente por lo impactantes que pueden llegar a ser. Acordaros del "tratamiento Ludovico" que mencionamos al hablar de "La Naranja Mecánica". Esos ejemplos quedan en la memoria del grán público de manera mucho más intensa que cualquier otro ejemplo normal de terapia que podamos citar. Somos así, nos quedamos con lo que más impresiona y lo normal no suele ser impactante.

Pero el caso es que los ejemplos de lavado de cerebro pueden ser mucho más habituales de lo que llegamos a pensar. Que nos encontramos con ellos constantemente. Vivir en una democracia no nos libra de ellos. Aunque suelen ser ejemplos más sutiles, "asumibles" y no les damos mayor importancia. Los aceptamos porque en el fondo es más cómodo vivir con ellos que rechazarlos. "La moda no incomoda" decía mi peluquero cuando yo llevaba el pelo largo.

Y si los ejemplos cinematográficos que hemos visto hasta ahora no te han hecho recapacitar suficiente, échale un vistazo al reportaje que se emitió en abril de 2006 en Redes. Se titulaba ¿Cómo podemos defendernos del lavado de cerebro?.


Si te interesa puedes verlo entero en este enlace.

Por cierto ¿qué opinas de que se cite aquí la educación como una forma de lavado de cerebro?. Si la enseñanza constituye un lavado de cerebro no será educación, pues ésta es la única que nos puede ayudar a defendernos de tamaña agresión.

Esto es todo. Si quieres que te avisen cuando emitan "El mensajero del miedo" por televisión pulsa aquí para la versión de 1962 y aquí para la de 2004.

Saludos.



sábado, 15 de noviembre de 2008

El Experimento (No es bueno que el hombre esté solo ¿o sí?)

Hasta ahora hemos hablado de muchos aspectos que influyen en la conducta humana, pero no habíamos tocado el propio hecho de relacionarse con otras personas. Somos seres sociales, necesitamos estar con los demás y aceptamos unas normas de convivencia que nos facilitan esa relación. Todos tenemos que ceder un poco en nuestras aspiraciones para no perjudicar las aspiraciones de los demás, pero este pequeño sacrificio tiene su recompensa. Abraham Maslow dijo que después de lo que facilita nuestra supervivencia y la seguridad, la afiliación, el estar con los demás, es lo que más nos motiva.

Pero estar con los demás contribuye en ocasiones a modificar nuestra conducta, a veces de manera sorprendente. Para tratar de estos aspectos relacionados con la dinámica de grupos pensé primero en comentaros "El Señor de las Moscas", pero después me decidí por la no menos interesante película alemana “El Experimento”, que nos servirá también para hablar de otros estudios sobre Psicología Social.





FICHA TÉCNICA


Título original: Das experiment

Año: 2001

Duración: 120 min.

País: Alemania.

Director: Oliver Hirschbiegel

Guión: Mario Giordano (Novela "Black Box"), Christoph Darnstädt, Don Bohlinger.

Música: Alexander van Bubenheim

Fotografía: Rainer Klausmann


Reparto:

Moritz Bleibtreu: (Tarek Fahd / prisionero 77) El complejo Baader Meinhof, El destino de Nunik, El elgido, Las partículas elementales, Munich.

Christian Berkel: (Steinhoff / prisionero 38) El otro, El hundimiento.

Justus von Dohnanyi: (Berus)

Andrea Sawatzki: (Doctora Jutta Grimm) El otro, El hundimiento.


Argumento:

Un grupo de veinte hombres, se presentan voluntarios para realizar un experimento sobre la conducta. Estarán en una cárcel simulada, a ocho les asignan el papel de guardia, los otros doce harán de reclusos. Se trata de ver cómo asume cada uno su papel.

La situación, que comienza como un juego, no tarda en degenerar, utilizando los guardias una violencia desproporcionada y escapando al control de los organizadores, que ven que la situación es más interesante cuanto más se complica, pero que no aciertan a ponerle fin a tiempo y cuando lo intentan ya es tarde.

Es muy interesante ver cómo las personas se transforman según el papel que asumen y conforme evoluciona la situación, asistiendo a un duelo de poder entre Tarek, el prisionero 77 y el guardia Berus, un pusilánime al que el mando le viene grande.



Comentarios:

Quizás podríamos pensar que ésta es una de las muchas películas carcelarias de acción que existen, pero en ella es muy interesante comprobar cómo los personajes van experimentando todo un abanico emocional, desde la alegría inical hasta la ira final, pasando por asco, sorpresa, miedo, tristeza y ansiedad, todo lo cual desemboca en tremendo estrés que desencadena la agresividad.

Pero lo más sorprendente de esta historia es que está basada en hechos reales. Bueno, en realidad está basada en la novela Black Box, de Mario Giordano, que a su vez se basa en el conocido Experimento de la Cárcel de Standford.

En 1971 Philip Zimbardo, profesor de la Universidad de Standford, realizó un sorprendente experimento. Quería comprobar cómo personas normales reaccionaban de manera diferente cuando se les sometía a un entorno controlado en el que debían adoptar papeles opuestos.

De veinticuatro estudiantes voluntarios, se asignó al azar a doce de ellos como carceleros y a los otros doce como reclusos, en una prisión simulada que estaba en los sótanos de la Facultad de Psicología.

A los guardias se les dotó de un equipo completo, incluido uniforme, porra y gafas oscuras para impedir el contacto visual. Y a los prisioneros se intentó privarles de todo lo que supusiese un recuerdo con su "vida" anterior. Esta despersonalización incluía llamarse por un número, vestir solamente un camisón y chancletas, etc., exactamente igual que en la película.



El resultado, no sé si sorprendente, fue aterrador. Al poco tiempo de estar en esa situación, una población indistinguible que había sido separada al azar, se convirtió en dos poblaciones absolutamente diferenciadas en su manera de actuar, adoptando papeles autoritarios unos, que trataban con sadismo a los otros.

Hubo motines y actuaciones violentas, que hicieron que el experimento se tuviese que cancelar a los seis días, cuando tenía una duración prevista de dos semanas.

Zimbardo, psicólogo optimista, llega a una conclusión consecuente con su naturaleza: Todos tenemos una parte buena y una mala que nos sirven para reaccionar ante buenas o malas situaciones.

Muy adaptativo, pero escalofriante si pensamos que los que infringieron torturas en Abu Ghraib, Guantánamo o en los campos de exterminio nazi, por citar sólo algunos ejemplos, quizás no eran unos monstruos, sino personas como nosotros pero en una mala situación. Es decir, que lo aterrador es que probablemente cualquiera de nosotros sería un monstruo si se diesen las circunstancias adecuadas.

Mira la entrevista que Eduard Punset hizo al propio Zimbardo en el programa Redes.



El otro trabajo al que se refieren es el sorprendente experimento sobre el comportamiento de la obediencia que hizo Stanley Milgram, un psicólogo de la Universidad de Yale, en el año 1961. Se trataba de estudiar la capacidad de los sujetos para obedecer órdenes, aunque fuesen en contra de sus principios.

En un supuesto estudio sobre el aprendizaje, los sujetos experimentales se distribuían en dos papeles: alumno y profesor. El profesor debería de leer al alumno una lista de pares asociados de palabras (por ejemplo viento - fuerte, casa - hogar, o cosas así). Después de leer la lista completa el profesor iría diciendo sólo uno de los elementos del par, dando tres opciones de respuesta entre las que el alumno debería elegir al correcta. Si fallaba se le debería dar una pequeña descarga eléctrica, aunque de orden creciente, a cada fallo la descarga sería mayor, debiéndolas administrar siempre el profesor.

Os pongo unas escenas de la película francesa "I comme Icare" en las que se escenifica este esperimento con algunas de sus variaciones.




Al principio de la sesión se hace un "sorteo" para asignar aleatoriamente los papeles. Lo que no sabe el sujeto experimental es que el sorteo está amañado y que en todas las papeletas pone "MAESTRO" y que su pareja será en realidad un cómplice de los experimentadores que cuando coge su papeleta dice que le ha tocado "ALUMNO", pero que en realidad no recibirá ninguna de las descargas que administre el maestro. Sólo actuará para dar mayor realismo a la situación, emitiendo quejidos de dolor crecientes a medida que le van aumentando las descargas.

Una vez asignados los papeles se les suministra a los dos una descarga de 45 voltios, para que comprueben lo que van a sentir. Y acto seguido cada uno ocupa su puesto. El alumno sentado tras un panel conectado a sus electrodos. Y el maestro, convencido de su responsabilidad, sentado frente a la consola que gobierna las descargas, con su lista de preguntas y teniendo al lado a un experimentador. El maestro no sabe que él es en verdad el único sujeto experimental y lo que se están estudiando son sus reacciones.

Los experimentadores pensaban que la mayoría de los maestros llegaría a suministrar unos 130 voltios y allí se pararía. Sólo los muy sádicos serían capaces de llegar al máximo de 450 voltios.

En la realidad, al llegar a los 75 voltios, los maestros se ponían nerviosos ante las quejas y súplicas crecientes de los alumnos, pero cuando querían parar, el experimentador que estaba a su lado les decía de manera seria, pero sin subir el tono ni alterarse, cosas como "Es necesario que usted continúe". El proceso se repetía hasta cuatro veces. A la quinta protesta del maestro de no querer seguir, el experimento se detenía.




Bien, el caso es que ningún maestro se detuvo antes de los 300 voltios, cuando ya el alumno casi no daba señales de vida. Y el 65% de ellos llegó a administrar el máximo de 450 voltios. Obteniéndose resultados similares cuando el experimento se realizaba con hombres o con mujeres, aunque éstas referían haber alcanzado un mayor nivel de estrés.

Parece pues que en determinados entornos uno puede acceder a cumplir órdenes que van contra sus propios principios y el negarse a la injusticias no siempre es psicológicamente fácil cuando la orden llega desde una autoridad establecida, pensemos en los casos que se intentan explicar por la Obediencia Debida.



El propio Milgram comprobó esto en una variación que hizo de su experimento, realizándolo en una entidad comercial en vez de en una universidad. En este caso el investigador no parecía estar investido de la misma autoridad y la obediencia decreció a casi el 47%.


Otras variaciones que se hicieron ya las hemos visto en las escenas de "I comme Icare". Cuando hay contacto con la persona a la que se está infringiendo dolor, la obediencia disminuye. Y cuando una tercera persona interviene apoyando al maestro en sus deseos de parar el experimento, también disminuye la obediencia a la autoridad.

En resumen, la situación influye enormemente en nuestra conducta. Y respecto a un grupo, lo que hacen los demás, lo que los demás esperan de nosotros, lo que nosotros pensamos que los demás esperan y nuestra posición respecto al líder del grupo, van a ser factores esenciales para determinar nuestra conducta, con lo que el supuesto "libre albedrío" es algo que queda muy en entredicho.

Esto lo podemos extrapolar a todos los campos. A veces el contexto social puede ayudarnos a sacar lo mejor de nosotros, pero a veces también lo peor. Por eso, antes de criticar un hecho censurable de alguien deberíamos pensar qué hubiésemos hecho nosotros en su situación, aunque probablemente no podríamos conseguir esa abstracción de no experimentar nosotros mismos la situación en sí.

En fin, esto es todo por hoy. Si te interesó "El Experimento" y quieres que te avisen cuando lo emitan por televisión, pulsa este enlace.

Saludos,



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lunes, 29 de septiembre de 2008

Kinsey, hablemos de sexo (y practiquémoslo)

Que aburrido sería el mundo sin el sexo. Es que está detrás de todo. La publicidad, la moda y el humor, por citar sólo una pequeña muestra, no serían lo que son sin el sexo. Y nosotros tampoco, claro está.

Pensar que algo tan fundamental ha sido y es tabú en tantas culturas… Sin ir más lejos, en la cristiano occidental que, por suerte o por desgracia me ha tocado vivir, es que todo lo que a uno le gusta resulta que es inmoral, ilegal o engorda, como bien afirma el dicho popular.

Evidente error este de intentar preservar las buenas costumbres prohibiendo. Todos sabemos que las cosas no permitidas son las más apetecibles. De todos modos, la naturaleza es muy sabia y no se anda con tonterías, por eso ha asociado el mecanismo de la reproducción al sexo, la actividad natural más placentera y así se ha asegurado la supervivencia de la especie, incluso en la épocas más “difíciles”, superando todo tipo de contingencias. Pues el motivo sexual es uno de los que más frecuentemente está detrás de la conducta de las personas.

Para hablar de estos temas os he traído la película “Kinsey, el hombre que desnudó América” (aunque yo prefiero la traducción del título en inglés: Kinsey, hablemos de sexo). Se trata de una cinta del año 2004, dirigida por Bill Condon, en la que se nos narra con bastante exactitud la biografía de Alfred Kinsey y las vicisitudes de su investigación.

También os presento algunas imágenes del documental “Alfred Kinsey, el científico del sexo”, que emitió hace un par de años la cadena Documanía (acualmente Odisea) y que os recomiendo ver, porque es un buen complemento a la película. Entre otras cosas, te permite poner imágenes reales a las personas que intervinieron en la historia y a los lugares en los que se desarrolló.

Kinsey está interpretado en la película por Liam Neeson, que le da un aire serio y de permanente preocupación, como a todos sus personajes. Era zoólogo, especializado en entomología, para gran disgusto de su padre, un rígido y conservador predicador metodista, profesor de mecánica, que quería que Alfred siguiese sus pasos.

La escena en la que el padre hace que Alfred, siendo menor de edad, vaya a una tienda a comprar tabaco y, si se lo vendían, denunciar al tendero es rigurosamente cierta. Y la de sus sermones imagino que también.




Educado en semejante ambiente, no es extraño que Kinsey tuviese algunos problemas con el sexo, pero al contrario que a su padre, los estudios de biología y su interés por los insectos, le llevaron a abrir su mente y a aceptar la diversidad como forma viable de expresar la sexualidad.

En 1938, siendo ya profesor de entomología en la Universidad de Indiana, se percató de la falta de información que tenían los estudiantes sobre el sexo y le propuso al rector, Herman Wells, dar un curso sobre matrimonio, idea que Wells no se atrevió a aceptar, dejando el tema de la educación sexual a Thurman Rice, un médico detractor de Kinsey que ya daba un curso de higiene en la universidad.



Tal parece que las clases de Rice no eran excesivamente convincentes y que el procedimiento de inducir miedo no era demasiado pedagógico. Los propios estudiantes reclamaron informaciones más claras y útiles, de tal manera que al final Wells no tuvo más remedio que dar un voto de confianza a Kinsey y dejarle hacer su curso sobre matrimonio. Fue un bombazo, una auténtica revolución en la tranquila comunidad universitaria de Indiana. Recordemos que nos encontramos en 1938, años de preguerra en la américa puritana.



Esta escena, dramatizada para la película, resulta evidente e intencionadamente atractiva, incluyendo el chiste final. Pero no se debió diferenciar demasiado de lo que sintieron los estudiantes asistentes, a juzgar por las imágenes que vemos en el documental.



Estas imágenes tienen un cierto sabor añejo, pero quizás estés de acuerdo conmigo si opinas que respecto al conocimiento hemos avanzado bastante poco. Muchos de nuestros jóvenes y adolescentes le han perdido el miedo al sexo, pero no es que estén mucho mejor informados. Y entendámonos, información hay muchísima más que entonces, pero el que esa información llegue y sea asimilada es otra cosa.

Volviendo a Kinsey, el éxito de sus cursos y sus antecedentes como entomólogo, le hicieron plantearse el objetivo de su vida, estudiar la conducta sexual de los estadounidenses. Y tal como hiciese con las avispas, se puso a recopilar casos, cuantos más mejor pues estaba convencido de que cada uno era diferente de los demás. Material tenía con todos los alumnos de sus cursos y cuando se acabaron estos siguió con los demás estudiantes y luego con el personal de la universidad. Imagino que el bueno de “Prok”, como le llamaban, se convirtió en una pesadilla para todos los que pasaban por allí.

Formó a tres investigadores en su particular metodología de trabajo y entre los cuatro iniciaron entusiasticamente la investigación.



El rector Wells, ante las quejas recibidas, le dio un ultimátum. Si quería seguir con su curso tenía que dejar las investigaciones, o si seguía con las investigaciones dejar el curso. Kinsey decidió seguir de lleno con las investigaciones y contando con la financiación adecuada, se lanzó a hacer entrevistas por todo el país.



Con ese equipo totalmente entregado, ellos y sus mujeres participaban activamente en las investigaciones, incluso haciendo de “conejillos de indias”, recopiló más de cinco mil historiales de hombres, con los que en 1948 publicó el Informe Kinsey sobre la sexualidad masculina, todo un éxito de ventas del que se editaron más de doscientas mil copias.

Kinsey y sus investigadores se hicieron tremendamente populares y animados por el éxito emprendieron la elaboración del informe sobre la sexualidad femenina, que se publicó en 1953 después de haber entrevistado a seis mil mujeres.


El resultado fue aún más impactante que el del primero y resumiendo ambos, tenemos que:

- Más del 90% de los hombres y del 60% de las mujeres se ha masturbado alguna vez.

- Aproximadamente la mitad de los hombres y mujeres casados han practicado el sexo oral.

- El 37% de los hombres entrevistados experimentaron alguna vez un orgasmo homosexual después de la adolescencia. Por el contrario, sólo un 13% de mujeres habían experimentado algún orgasmo homosexual en la misma época.

- Casi la mitad de la población masculina ha mantenido relaciones sexuales con hombres y mujeres en su vida adulta.

- La mitad de los hombres casados y la cuarta parte de las mujeres han tenido alguna experiencia sexual fuera del matrimonio.

- Hasta un 98% de los hombres y la mitad de las mujeres han tenido relaciones sexuales antes del matrimonio.

- El 10% de las mujeres nunca había llegado al orgasmo en sus relaciones sexuales.

- El 69% de los hombres ha tenido alguna vez experiencias con prostitutas.


Sirva esto como muestra para imaginar la controversia que se formó. Si bien Kinsey se hizo mucho más popular, también aumentaron mucho sus enemigos. Le surgieron detractores por todas partes. Se cuestionaron sus métodos de investigación, argumentando que ante la falta de un proceso realmente estadístico, sus resultados estaban sesgados.

Más aún, en plena caza de brujas de McCarthy, se le acusó de no facilitar los datos que tenía sobre homosexuales y comunistas, como si fuesen lo mismo.

En fin, después de tantísimo éxito se le retiraron los fondos para sus investigaciones y tuvo que pasar los últimos años de su vida intentando conseguir financiación. Murió en 1956 a los 62 años.

Es cierto que los métodos de Kinsey adolecieron de una falta de rigor estadístico, pero es que no creía en el muestreo de probabilidades. Él se basó en conseguir cuantos más historiales mejor e hizo un trabajo ímprobo, aun así sus entrevistados eran en su mayoría de población acomodada y raza blanca, haciendo mucho énfasis en la población homosexual.

Se echan de menos entonces datos de minorías raciales, incluida la negra y de poblaciones económicamente desfavorecidas, incluso de segmentos religiosos que, por sus convicciones, jamás contestarían a las preguntas propuestas. Además no tuvo en cuenta aspectos como las diferencias culturales o el amor, cosas difícilmente medibles.

Quizás lo más curioso, es que los expertos estadísticos afirmaron que con un muestreo aleatorio de cuatrocientas personas se habrían obtenido unos resultados más fiables y sin sesgo alguno.

Lo que no podemos negar es que Kinsey despertó un interés por la investigación de la sexualidad, acercándola a los laboratorios, donde ya la tomaron otros investigadores como William H. Masters y Virginia E. Johnson, que siguieron aportándonos más datos y sorpresas.

Bueno, más adelante podremos seguir hablando de sexo, material no falta. Si de momento quieres ver la película y que te avisen cuando la emitan por televisión, pulsa este enlace. El documental es más difícil, pero si me entero de cómo consguirlo también os avisaré.

Saludos,



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