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jueves, 26 de febrero de 2009

Confidencias muy íntimas

Confusión + Incomunicación = Confesión

Empecé a verla sabiendo vagamente de qué iba, pero creyendo que se trataba de una comedia, algo parecido a “Una terapia peligrosa” pero con acento francés.

“Pues va a ser que no” pensé cuando llevaba tres minutos, pero igualmente me interesó.

Anna (Sandrine Bonnaire), una mujer hermosa, elegante y bastante nerviosa, se dispone a asistir a la primera consulta con su psiquiatra. Se confunde de puerta y acaba en el gabinete de William (Fabrice Luchini), un asesor fiscal un tanto "gris" que, por una serie de circunstancias casuales, la recibe pensando que es una nueva clienta.

Anna, visiblemente afectada, le empieza acontar sus problemas personales y William, un tanto perplejo, la escucha pensando que esos problemas se deben a una causa financiera que seguidamente le aclarará.

El asesor, evidentemente sorprendido y con un expectante silencio, escucha las revelaciones de la mujer, que interpreta la actitud de William como una invitación a que siga hablando, cosa que hace sin que el pobre hombre sepa cómo cortarla.

El caso es que Anna sale del despacho sin que William casi no haya podido pronunciar palabra. Ella misma se confirma una cita para la semana siguiente y el perplejo gestor se queda con el firme propósito de deshacer el malentendido en cuanto la vuelva a ver.

Pero el buen hombre no está acostumbrado a tratar con gente con problemas de ese tipo y el encuentro con Anna es un interesante hito que pone un poco de aliciente en su monótona vida. Además, en la siguiente cita tampoco consigue hacerse oír. Más adelante será Anna la que descubra su equivocación, pero para entonces los dos están enganchados a sus “conversaciones”. Ya la revelación es mutua y cada uno descubre y soluciona sus carencias mediante las experiencias del otro.

Y hasta aquí lo que te voy a contar de "Confidencias muy íntimas". Si quieres saber cómo se desarrolla y termina la historia te sugiero que busques si aún la ponen en los cines o esperes a que alguna cadena de televisión la programe. Aunque mejor aún puede ser ir a ver la versión teatral.

A mí me pareció interesante. Tiene el sabor y el intimismo de muchas películas francesas, pero como os podréis imaginar lo que más me interesa es la relación que se establece entre la “cliente” y el “terapeuta”. Entrecomillo las palabras porque ninguno de los dos es lo que parece.

Un profesional de la psiquiatría o la psicología habría sabido mantener la distancia emocional con su cliente. Pero William no lo es y se implica en la relación, de hecho se confiesa enamorado de Anna, aunque lo que en verdad les atrae a los dos es la revelación mutua y sin “compromiso” que pueden realizarse ya que los dos saben detalles íntimos del otro, pero en el fondo no se conocen, no saben quien son y ese desconocimiento les da libertad para confesarse detalles que no podrían hacer a personas de su entorno.

Esta característica les lleva a un tipo de relación especial que a mí me recordó bastante a las confesiones mutuas que la gente acaba haciéndose al poco de conocerse en los chats de Internet. En estos casos la ecuación inicial se transforma de la siguiente manera:



Anonimato + Incomunicación = Confesión



Ya hablé algo de ello y de los estudios que hice en su día, cuando comenté la película Hard Candy.

En un momento de la película un psiquiatra verdadero señala que mucha gente acude a su consulta simplemente para contar cosas que no pueden contar a otras personas. La misma Anna al principio le dice a William que ha acudido a su “consulta” porque necesita contar lo que le pasa y no tiene a quién hacerlo. Argumentos ambos que frecuentemente me expusieron cuando realizaba mi mencionado estudio de la conducta virtual.





Es curioso que en esta época que podemos estar comunicados con cualquiera en cualquier parte del mundo, haya gente que no tenga a quién contarle lo que le pasa.

En fin, de algo tenemos que vivir los psicólogos.

Saludos,

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