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jueves, 13 de octubre de 2011

Las Tres Caras de Eva en Efecto Mariposa

El pasado día 12 de octubre, los componentes del programa Efecto Mariposa, de Radio Uruguay, me hicieron una entrevista sobre la película "Las tres caras de Eva" y el Trastorno de Identidad Disociativo.

Durante casi media hora estuvimos comentando las características de esta interesante historia y el trastorno que padece la protagonista.

Si quieres escuchar el audio de la entrevista puedes pulsar el siguiente enlace:


Saludos,

viernes, 16 de enero de 2009

Emociones de ciencia ficción (programando humana-mente)

Cuando leí la sinopsis me llamó la atención: "Cuatro vidas está basada en un antiguo proverbio chino según el cual la vida se puede reducir a cuatro emociones: placer, felicidad, dolor y amor". Bueno, el placer y el dolor en todo caso son sentimientos o sensaciones, pero quizás esta pudiese ser una buena película para hablar de las emociones. Tenía esa esperanza, pero ya el trailer me hizo sospechar que no iba a ser así.



Se trata de una película muy interesante y entretenida, que cuenta cuatro historias que se entrelazan y lo hacen bien, lo que no es fácil de conseguir, así que hay que reconocer el mérito de los guionistas.


Vemos que los personajes experimentan sorpresa, miedo, ira, tristeza y alegría. Sólo les falta el asco, por lo menos yo no me percaté, para tener el paquete completo de emociones de serie con el que nacemos.

Y es que las emociones son eso, unos mecanismos psicológicos de respuesta que nos permiten reaccionar de manera rápida, aunque no demasiado precisa, ante las variaciones del ambiente. Todos sabemos lo que son porque las hemos experimentado, pero a veces nos cuesta encontrar palabras para definirlas.

Estamos tan acostumbrados a vivirlas que a veces nos pasan desapercibidas y no nos damos cuenta de que las tenemos o las están teniendo los demás y eso que nuestros logros personales y sociales mejoran enormemente cuando somos capaces de interpretar nuestras emociones y las de los que nos rodean pudiendo reaccionar adecuadamente ante ellas. Es lo que se conoce como inteligencia emocional.

Entonces cualquier película podría servirnos para hablar de emociones porque todos sus personajes las tienen, pero permitidme que haga el planteamiento al revés y hable de los personajes que no tienen emociones o por lo menos que no esperamos que las tengan. Voy a hablar de robots. Ya sabéis que me interesa la ciencia ficción, pero la creación de máquinas que aprendan por si mismas y puedan desarrollar emociones, es algo que cada vez se acerca más de la fantasía a la realidad. Acordaros que el cognitivismo utilizó un modelo cibernético para explicar el funcionamiento del cerebro y ahora son los informáticos los que estudian el cerebro para diseñar ordenadores más capaces y flexibles.

Mirad la entrevista que le hizo Eduard Punset a Lola Cañamero.



Ahí tenemos dos robotitos que interactúan en un entorno que simula la realidad, en donde hay comida, agua y refugio. El robot blanco tarde o temprano tendrá que salir del entorno seguro homeostáticamente motivado por el hambre o la sed y podrá ser atacado en ese momento por el depredador. Si no se le programa la emoción “miedo” su supervivencia está en peligro.

Que curioso ¿verdad?, de las emociones básicas que comentábamos antes, aquellas que tenemos al nacer, una es positiva (la alegría), otra es neutra (la sorpresa) y las demás (miedo, tristeza, asco e ira) son negativas. Todas las necesitamos para la supervivencia, pero tal parece que nacemos más predispuestos para hacer frente a los eventos negativos, o que los eventos negativos son más peligrosos para nuestra subsistencia y por eso les prestamos más atención. Pero esto es sólo una apariencia, ya que la sensación reconfortante que nos produce la alegría es la más beneficiosa y absolutamente necesaria para la salud de nuestra mente.

El caso es que no podríamos vivir sin emociones, ni nosotros, ni los animales, ni los robots que creásemos, aunque de ésto parece que se tardaron un poco en dar cuenta los cineastas. Por ejemplo Data, el peuliar androide de la serie Star Trek: La Nueva Generación, no entendía demasiado de emociones, no las experimentaba y dificilmente comprendía las reacciones de sus compañeros humanos.



De hecho Data era el equivalente del personaje del mítico señor Spock que aparecía en la serie original. El vulcaniano carente de emociones que sólo empleaba la lógica. Bueno, la verdad es que ambos tenían una cosa en común, manifestaban una única emoción, la sorpresa. Los dos se sorprendían constantemente de las reacciones de los humanos.

Parece que la ciencia ficción cinematográfica desconfía de que se puedan crear robots con emociones. Acordaros del test respuesta emocional de Voight-Kampff que empleaban en la película Blade Runner para detectar a los replicantes.



En cambio los escritores sí habían predicho mucho antes la aparición de robots con emociones. Isaac Asimov definió y dotó a sus robots de un cerebro positrónico, que no sólo les dotaba de inteligencia artificial sino de la capacidad de experimentar emociones.

Andrew, de "El hombre bicentenario" lo tiene.



Y Sunny, de "Yo robot" también.



Y en Battlestar Galactica vamos un paso más allá y los cylon ya no son robots propiamente dichos. Las últimas "versiones" son entidades biológicas, artificiales eso sí, indistinguibles de los humanos, que sienten y padecen como nosotros, teniendo una tremenda curiosidad por saber qué nos diferencia a unos de otros. Pulsad este enlace para ver el diálogo entre un delegado de Las Doce Colonias y la cylon último modelo Número Seis, Cáprica para los amigos:

- ¿Estás vivo?.
- Sí.
- Demuéstralo.


De hecho los cylon no aprecian la diferencia entre estar vivo como un humano o como ellos. Tanto es así que algunos piensan que son humanos. Además tienen creencias místicas y buscan sus dioses, no sus creadores que esos fueron los humanos y son tan imprfectos que deciden eliminarlos. Volvemos otra vez a la rebelión de las máquinas, pero eso es otra historia (y no me refiero a Terminator 3).

Mucho más amable es Wall·E. No sé si el robotito tiene un cerebro positrónico o no, pero a base de estar sólo ha desarrollado características muy humanas, personalidad propia y tremenda curiosidad. Incluso se enamora de Eva, mucho más sofisticada y aparentemente dura, pero bajo su cáscara de huevo encierra también una tremenda ternura.

Los dos robots es evidente que experimentan emociones, entre otras cosas lo vemos por su expresión. Es digno de ver como los animadores han conseguido tanta expresividad jugando solo con los “ojos”, los foquitos de Wall·E y los puntos azules de Eva. Ya quisieran algunos actores poder expresar tanta emotividad.



Bueno, el caso es que como Rodney Brooks le dijo a Eduard Punset en el programa Redes, las emociones muy pronto dejarán de ser algo exclusivo de las personas y los animales. Nuestros ordenadores no sólo podrán aprender por sí mismos, también sentirán y se emocionarán y eso les hará más semejantes a nosotros, con todas las ventajas e inconvenientes que ello supone.



A veces nuestro ordenador se ralentiza y tarda una eternidad en hacer las cosas. Algunos manejan mejor los textos que las imágenes. Frecuentemente se infectan por virus. En ocasiones se bloquean e incluso se reinician sólos. Y cuando ocurre todo eso nos desesperamos porque podemos perder las horas de trabajo que hemos gastado sin saber por qué.

Que distinto sería si la máquina pudiese expresarse y hacernos saber su estado interno, si tuviese una cara que pudiésemos interpretar.

Hasta ahora y como hemos visto, las máquinas pueden expresar su estado interno por convencionalismos matemáticos, mediante listados de autocontrol. Pero para poder interactuar facilmente el ordenador, el robot, se tendrá que expresar emocionalmente, mediante los gestos que todos conocemos y podemos interpretar, tal y como hace el prototipo Kismet, un robot que manifiesta sus emociones.



Pero esto es sólo el primer paso. Cuando los robots, las máquinas o como les queramos llamar, sean capaces de aprender por sí mismos, de tener sentimientos, de manifestar e interpretar emociones...



... ¿en qué se diferenciarán de los seres vivos?, ¿en que no podrán reproducirse?, bueno, dales tiempo, eso será lo primero que harán. ¿En que no tendrán alma?... ehhhhh... cambiemos de tema. El caso es que memoria, pensamientos y conciencia sí que tendrán y con eso ya es suficiente.

¿Te da miedo esta perspectiva?. No te preocupes, si todo esto se cumple, siempre nos queda el consuelo de que tarde o temprano necesitarán un psicólogo.

Saludos.



lunes, 22 de septiembre de 2008

Los niños del Brasil (herencia y ambiente)

Después de decidirme a escribir sobre Los niños del Brasil, me quedaba la duda de si hacerlo en mi blog de psicología o en el de ciencia ficción, total estaba casi seguro de que los lectores de ambos pensarían que sobraba en los dos. Yo opino que encaja bien en uno y en otro, aunque lo colgaré aquí por lo que comprenderéis si tenéis la paciencia de seguir leyendo.

Recientemente Michael Crihton ha publicado un thriller sobre el debate moral que plantea la ingeniería genética. No me gustó mucho, pero si te interesa el tema lee “Next”. Personalmente para mí tiene mucho más mérito la novela “The boys from Brazil” que Ira Levin publicó en 1976. El debate moral queda igualmente planteado y la historia me parece mucho más impactante y original, sobre todo teniendo en cuenta que si nos ponemos en 1976 sí que estaríamos hablando de auténtica ciencia ficción.

La película nos narra la historia del intento que hace una organización de antiguos nazis, "Die Kameraden" (algo parecido a ODESSA), de clonar a Hitler. Para ello cuentan con los servicios del terrorífico doctor Josef Mengele, famoso por sus experimentos con seres humanos en el campo de concentración de Auschwitz. La interpretación de este personaje corrió a cargo que Gergory Peck, que hizo una labor genial, logrando una estupenda caracterización física e incluso me atrevería a decir que psicológica.



Mengele, desde sus instalaciones de Brasil, logra crear noventa y cuatro bebés clones de Hitler, pero para lograr su propósito sabe que no sólo es importante la genética, también ha de conseguir recrear lo mejor posible el ambiente en el que creció el dictador.


Para ello dan en adopción a los bebés a familias que reúnan unas determinadas características. Blancas, caucásicas (más bien arias) y de convicción cristiana. Padre funcionario, de cuarenta y un años y veinte años mayor que la madre. Es decir, características similares a la familia en la que nació el pequeño Adolf, que fue un jovencito introvertido, un tanto engreído y sobreprotegido por su madre. En la película el papel de este niño es interpretado por el inquietante Jeremy Black, actor del que no he vuelto a saber nada.


Además de Mengele, el otro personaje fuerte de la historia es el de Ezra Lieberman, inspirado en el auténtico cazador de nazis Simon Wiesenthal, que también desarrolló su labor desde Viena y actualmente está enterrado en Israel. Como se menciona en la película, Wiesenthal facilitó al Mossad los datos para capturar a Adolf Eichmann (el artífice de la “solución final” contra los judíos) en Buenos Aires. La interpretación de este papel, también magistral, corre a cargo de Laurence Olivier.


Lieberman es capaz de seguir la pista de Mengele, puesto que en el plan de éste se incluye un hecho crucial que ha de cumplirse con germánica precisión. El padre de Hitler murió accidentalmente a los 65 años, cuando Adolf tenía 14. Así pues, cada uno de los diversos padres adoptivos debería morir en forma y fecha determinada para que el ambiente del futuro dictador se recrease con la máxima precisión. Por si no fuese ya poco difícil, esto ya haría de por sí inviable el experimento, pero “die kameraden” son antiguos SS y matar a noventa y cuatro personas más sólo les plantea la dificultad de hacerlo en la fecha correcta.



Tanta muerte accidental de funcionario de 65 años, hace que Lieberman pueda encontrar y seguir la pista de Mengele, frustrando su plan cuando “sólo” se han producido dieciocho asesinatos, dejando dieciocho pequeños dictadores, de los cuales y según las estadísticas, uno con seguridad, quizás dos, llegarán a ser auténticos Hitler y hacer que renazca un nuevo Reich, el cuarto.


Bien, en toda esta historia de acción y cuasi ciencia ficción, hay un interesante planteamiento tácito que, después de tanto preámbulo, es lo que quería comentar: la personalidad de alguien no depende sólo de las características heredadas, sino también del ambiente en el que se ha educado. Los dictadores, al igual que todos los demás, nacen y se hacen. Esto parece una obviedad, pero no siempre ha sido así.




Innatistas y ambientalistas han estado largo tiempo enfrascados en un debate epistemológico, sin admitir que los otros también tienen razón y ellos están parcialmente equivocados.

En psicología frecuentemente nos encontramos con este tipo de debates, en los que seguidores de determinadas escuelas se esfuerzan por encontrar explicación a todo según su dogma, sin tener en cuenta, e incluso menospreciando, el hecho que determinados aspectos pueden ser mejor explicados por los principios básicos de otra teoría o escuela, que no tendría que ser rival, sino complementaria.

En el caso que nos atañe, dejando atrás a Descartes y a Locke, tenemos que admitir que el resultado final no depende sólo de lo que escribimos en la “tabula rasa”, sino también de las características de la pizarra e incluso de la tiza que empleemos, como muy bien sabe el sádico y cruel doctor Mengele que no está dispuesto a dejar nada al azar, ni en “software” ni en “hardware”, si se me permite utilizar el símil informático haciendo un guiño cognitivista. Total, el nazi en cuestión, escrúpulos no tiene y medios no le faltan, peligrosa combinación para un científico sin límites éticos ni deontológicos.

Escribiendo estas líneas y salvando las distancias, no puedo dejar de pensar en Skinner, el conductista radical que tanto aportó a la psicología y que tiene tantos seguidores como detractores. Él pensaba que manipulando los estímulos del ambiente podría moldear las características de cualquier niño hasta conseguir que fuese el adulto que quisiésemos que fuera, pudiendo incluso compensar las características heredadas. Sus estudios y experimentos en esta línea dan mucho que pensar, esperanzadores para algunos, intolerables para otros.

Sus teorías están plasmadas en su novela Walden Dos y siguiéndolas, un grupo de personas ha creado una comunidad en el estado de Sonora, México. Se llama “Los Horcones” y sería interesante por lo menos hicieseis una visita virtual.

Y nada más. Si quieres que te avisen cuando emitan LOS NIÑOS DEL BRASIL por televisión, pulsa este enlace.

Saludos,



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