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AVISO: Las informaciones contenidas en este blog pueden desentrañar importantes aspectos del argumento, incluso del final de la película en cuestión.
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lunes, 22 de marzo de 2010

Shutter Island

Confieso que Shutter Island consiguió despistarme. Conste que lo digo como algo positivo. A medida que la iba viendo fui formulando varias hipótesis que luego se vieron rechazadas o confirmadas sólo a medias. Es de esas películas que tienen un final esclarecedor y con una última escena que te deja pensativo.

En resumen, una buena historia, bien desarrollada y dirigida por Martin Scorsese, que te mantiene atento todo el tiempo y, sobre todo, que te deja con ganas de hablar de ella al salir del cine.

Parece una historia más complicada de lo que en realidad es y quizás a alguien le asuste un poco la trama psicopatológica, pero la verdad es que, tal y como está planteada, se entiende muy bien porque no se mete en demasiados tecnicismos.

En definitiva es la historia de Teddy Daniels, un agente judicial, brillantemente interpretado por Leonardo DiCaprio, que acude con su ayudante, Mark Ruffalo, a una remota institución psiquiátrica en la que están internados peligrosos delincuentes con serios trastornos mentales.

Ambientada a mediados de los años cincuenta, nos encontramos en una institución fría, asfixiante, claustrofóbica… Esta mezcla de manicomio y cárcel está situada en una escarpada isla, a dieciocho kilómetros de la costa. Una de las muchas que hay en las proximidades de Boston.



Parece un entorno totalmente seguro, pero de él se ha escapado misteriosamente una interna sin que parezca haber ninguna explicación posible. Enseguida te das cuenta de que hay algo más. Los guardianes y el personal médico mantienen una actitud reservada, poco colaboradora y hasta hostil con los dos agentes. La teoría de la conspiración aflora y tal parece que Daniels y su ayudante no saldrán vivos de la institución.

Antes de seguir he de hacer ahora una advertencia. Al contrario de muchas de las películas que comento, ésta es bastante actual y puede que aún no la hayas visto. Si ese es tu caso deja de leer ahora, pues quiero hablar de varios aspectos del desarrollo que es mejor que los veas tú mismo, sobre todo, el final, que es una de las partes más logradas.

Bien, como decía antes, el sórdido ambiente y la actitud de aparente complicidad de todo el personal parecen explicarse por una teoría conspirativa. Algo extraño ocurre en la isla, todos lo quieren ocultar y Rachel Solando, la fugada, parece que es la clave.

En un momento, la propia Rachel afirma: “Los médicos dicen que estás loco y si defiendes lo contrario sólo corroboras su diagnóstico. Una vez que te han declarado demente, cualquier cosa que hagas formará parte de ese estado. Si se te ocurre protestar sufres negación. Si te asalta el miedo, paranoia”.

Tal parece que los agentes judiciales están investigando demasiado, así que llegas a pensar que la mejor manera de detenerles será internándoles a ellos mismos. En aquel entorno todo parece posible y nadie hará caso de dos locos.


Pero esa especie de versión moderna de “Corredor sin retorno” no parece estar demasiado lejana. Es evidente que algo le ocurre al agente Daniels. Tiene ensoñaciones en las que revive vívidamente pasajes del pasado, de la guerra concretamente. Además periódicamente tiene alucinaciones en las que ve a su mujer, fallecida en un incendio, que le previene de acontecimientos y le dice lo que debe hacer.

La situación se va complicando a medida que más misterios se van añadiendo a la investigación. La conspiración parece cierta y el que Daniels consiga salir de la institución, improbable.

Y es que es cierto que el agente tiene alucinaciones. Puede padecer trastorno de estrés postraumático por lo que vivió en la guerra y además se siente culpable por la muerte de su mujer y por no haber evitado la de sus hijos. La situación le ha trastornado, sufre un trastorno psicótico, probablemente esquizofrenia. Él fue agente, pero ahora es un interno de la institución. Está sometido a un tratamiento farmacológico a base de Clorpromazina, pero no responde adecuadamente a él porque se ha fabricado una historia para dar sentido a todo lo que le ha pasado y eso interfiere en su proceso curativo.

El doctor Cawley (Ben Kingsley) ha montado un psicodrama para hacerle salir de su fantasía. Una especie de “role-playing”, para que Daniels vea lo incongruente de su historia y asuma la realidad. Es su única oportunidad. Si la medicación no funciona tendrán que dejar paso a la cirugía. Es un paciente muy violento, ya ha agredido a varias personas en la institución. De no encontrar una solución rápida le practicarán una lobotomía.

Pero al final el proceso funciona y el “agente” recuerda todo lo que pasó. La representación ha sido un éxito, ahora sabe que Daniels es un personaje inventado, en realidad es Andrew Laeddis. Fue él quien mató a su mujer cuando vio que había ahogado a sus tres hijos y desde entonces la culpa lo persigue.

Por fin la terapia farmacológica puede tener una oportunidad de éxito. Pero Laeddis, que se ha fabricado toda una historia para huir de la realidad, ahora tampoco está dispuesto a aceptarla. Ante la opción de asumir los hechos y curarse o de negarlos y seguir siendo un “loco”, prefiere la segunda. Por muy dura que parezca, la última escena de la película, es una representación, ahora consciente, para conseguir que le hagan una lobotomía. Es la única manera que le queda de salirse con la suya, de persistir en su postura inicial, de seguir negando la realidad.

Las últimas frases de Laeddis son significativas: “Este lugar hace que me pregunte qué seria peor. Vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno”. Ya sabemos qué eligió.



Y bien, una última cuestión antes de terminar. ¿Te acuerdas de la nota que encuentran en la habitación de Rachel?. Había dos frases escritas en ella: “La ley de los 4” y “¿Quién es el 67?”.

Son pistas para guiar a Daniels – Laeddis en su investigación introspectiva. Una le hace investigar sobre el paciente 67 para que descubra que es él mismo. La otra también lleva en la misma dirección. Le indica por una parte que Rachel y Dolores son la misma persona e igualmente sucede con Teddy y Andrew.



El doctor Cawley se lo demuestra a Daniels con la ayuda de una pizarra. Y aunque se lo dice, mucha gente no repara que está hablando de “La ley de los 4”.

Saludos,



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lunes, 8 de marzo de 2010

Olvídate de mí

El tema de la amnesia es algo que siempre da mucho juego en el cine. Eso de ver a un personaje que no reconoce personas, hechos o lugares que han sido importantes en su vida anterior nos llama mucho la atención y bien utilizado es un recurso que te sobrecoge o que te provoca hilaridad. Ambas cosas aseguran el éxito de una película.

Tal es el caso de “Olvídate de mí” (Eternal sunshine of the spotless mind (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos) un nuevo aplauso para el traductor), una película que nos plantea una historia de amor en la que además se hacen guiños a la ética y la ciencia ficción.

En ella nos encontramos al histriónico Jim Carrey interpretando a Joel, un papel serio, y a la seria Kate Winslet haciendo de Clementine, un papel disparatado. Una dispar pareja que se enamora al instante pero que acaban un poco hartos el uno del otro al cabo del tiempo. Tanto es así que Clementine acude a una clínica en la que mediante un tratamiento borran todos sus recuerdos de Joel y así puede empezar una nueva vida sin él.


Cuando después del despiste inicial, Joel se entera de lo que pasa, él mismo decide someterse también al tratamiento y olvidarse de Clementine, para lo cual tiene que recopilar todos los objetos que le relacionan con la chica y hacer una lista de todos los sucesos vividos con ella. Mientras que examina ambas cosas se le hace un escáner y así consiguen un mapa físico de dónde se localiza en su cerebro cada uno de sus recuerdos. Así, teniéndolos ubicados, luego es muy rápido acceder a ellos para borrarlos.

Dicho proceso se realizará un día mientras que él duerma. Los operarios de la clínica se presentarán en su casa y mediante un “sofisticado” aparato le borrarán todos los recuerdos localizados sobre su novia.

Bueno, esa es la teoría, porque en la práctica las cosas se complican. Durante el proceso de borrado Joel está dormido, pero es consciente de lo que le están haciendo. Revive los recuerdos como en un sueño y mientras lo hace se da cuenta que no quiere olvidar a Clementine. Lucha por conservar su memoria en una emotiva aventura onírica con la chica, en la que intenta crear algún recuerdo nuevo, no catalogado, en el que refugiarse y así poder acordarse de su novia al despertar. Es algo así como cuando estás dormido y te das cuenta de que estas soñando, que tomas alguna decisión intentando no despertar o para acordarte de algo cuando lo hagas.


La aventura subconsciente de Joel es muy curiosa y está muy bien lograda. De hecho una de las cosas que más llama la atención de la película es el montaje de las imágenes, barajando lo que es presente, recuerdo, realidad, fantasía y sueño.

Es una de esas historias en las que nos van dando información de manera desordenada y que cuando consigues poner todas las piezas en su sitio, lo que parecía que iba en un sentido te das cuenta que en la realidad tiene otro totalmente opuesto.

Tal planteamiento hizo que “Olvídate de mí” recibiese un Oscar al mejor guión en 2004. Debe ser algo que les gusta bastante a los académicos de Hollywood, porque en 2006 le dieron también un Oscar a Crash por lo mismo y Memento estuvo nominada en el 2002 en esa categoría. Y conste que cito sólo éstas por hablar de películas anteriormente comentadas en este blog.

Por último hay dos aspectos sobre los que también podemos reflexionar. El primero es la utilización fraudulenta que podrían hacer de los recuerdos los especialistas encargados de borrarlos. Se supone que el proceso estaría sometido a un estricto código deontológico, al igual que el historial de un médico, o un psicólogo, que impediría tal tipo de utilización. Pero, de poder realizarse un proceso así, siempre nos queda la duda de lo que alguien podría hacer con algo tan intenso y personal como son nuestros propios recuerdos.



La otra cuestión se refiere a las consecuencias que tendría el olvido selectivo de recuerdos. Independientemente de que se pueda, ¿reportaría algún beneficio hacerlo?. Es cierto que hay cosas en nuestra vida que nos gustaría no haber hecho, o en su defecto poder olvidarlas, pero precisamente su recuerdo es lo que mejor nos preserva de su repetición, así que no parece que el olvido sea solución para nada, ni cuando se trate de experiencias muy dolorosas.

Nuestra personalidad está modulada por nuestros recuerdos, positivos y negativos, alegres y tristes. La solución no es olvidar una tristeza, sino asimilarla e intentar que esa tristeza sea sustituida por una alegría y no por otra tristeza.

En fin, si quieres ver otros acercamientos que ha hecho el cine a estos temas mira Abre los ojos, Proyecto Brainstorm, Paycheck, La Memoria de los Muertos, El mensajero del miedo o Desafío Total, por seguir citando sólo alguna de las películas que hemos comentado anteriormente.

Saludos,



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lunes, 2 de marzo de 2009

Camino

Manipulando sobre la manipulación o... cómo criticar empleando los mismos métodos de lo criticado.


Camino es una película que no te deja indiferente. Sales cabreado, bien con el Opus o bien con el director. Yo salí enfadado con los dos. Lo del Opus me lo imaginaba. No tengo contacto con “la obra” pero conozco gente que sí lo ha tenido y las experiencias que me han contado son “compatibles” con las que aparecen en la película. Así que aunque no te cuenten nada nuevo, te sientes mal al ver cómo manipulan a las personas.

Los simpatizantes del Opus imagino que saldrán enfadados con Fesser porque les deja bastante mal y probablemente argumenten que da una versión tergiversada, malintencionada y torticera de sus objetivos y formas de actuación. No sé si tendrán razón y tampoco me interesa mucho meterme en eso ahora. Otro día hablaremos de sectas y los mecanismos de lavado de cerebro que emplean y quizás entonces podamos debatir sobre si metemos en el saco al Opus o no.

Lo cierto es que soy contrario a los integrismos y por ello no comparto el paradigma de la obra de monseñor Escrivá. Respeto la ideología, pero no la comprendo. Creo que es muy criticable y la mejor manera de hacerlo es sacar a la luz pública sus métodos. Fesser habría realizado una gran labor ajustándose a eso. Tenía argumentos suficientes para ello.


Trailer de "Camino"


Lo que no me gustó, y me enfadó, son los recursos sentimentales e innecesarios que emplea para aumentar el tono emocional de la película. Me refiero por una parte a los malentendidos que se generan a costa de la historia sentimental de la niña. Y por otra parte, a la caracterización de sus padres, que son auténticos personajes de Walt Disney, parecen la madrastra de Cenicienta y el padre de El Rey León. No era necesario hacernos llorar así para tocarnos la fibra sensible y contar una historia que de por sí ya tiene muchísima fuerza. El empleo de esos recursos, a mi juicio, le resta credibilidad al argumento.

Por lo demás es una película muy bien hecha y con una estupenda interpretación de los actores, que no seobreactúan, teniendo en cuenta que sería fácil que cayesen en ello. Como a casi todos, me gustó particularmente Nerea Camacho, que consigue que parezca creíble el acercamiento que hace al amor de la mano de la muerte y que destaca especialmente en los fragmentos oníricos, que sirven de contrapunto a la historia real que vive la muchacha.


Bien, en otro sentido y centrándonos más en el tema, probablemente te preguntes por qué hablar de Camino en un sitio como éste, pero es que además de la experiencia psicológica que experimentan los protagonistas, me interesa el ambiente religioso que se refleja.


El hecho general es que la mayoría de la población mundial mantiene creencias religiosas, por lo menos de manera declarada, mientras que una minoría, cada vez con más peso, mantiene este tipo de creencias al margen de su ética y su moral.

Dado que en los dos segmentos poblacionales nos encontramos igualmente con personas que destacan por su bondad, integridad, espíritu de justicia… o por exactamente lo contrario, siempre me he preguntado ¿qué es lo que hace que una persona tenga creencias religiosas?, como rasgo de personalidad, me refiero.

Antes de seguir debo señalar que formalmente me declaro agnóstico. Aunque crecí en una familia coherentemente católica y recibí educación religiosa, nunca fui creyente. Las cosas que al respecto me contaban en casa, y sobre todo en el colegio, la mayoría de las veces las percibía como irreales. Ya sé que la Biblia no se puede interpretar al pie de la letra, pero recuerdo que cuando nos explicaban la Historia Sagrada, que a los niños nos gustaba mucho, siempre pensaba que los hechos milagrosos tendrían una explicación lógica. Que las murallas de Jericó cayeron por un terremoto que debió ocurrir mientras los israelitas daban vueltas con sus trompetas, que Lázaro en verdad no estaba muerto… cosas así. Para mí el mérito divino consistía en hacer coincidir los hechos adecuados en el momento oportuno, que ya era bastante, pero así me ahorraba la explicación sobrenatural de los acontecimientos.

Con mi mentalidad infantil no acertaba a saber qué me impedía aceptar las explicaciones que a los otros niños les encantaban, pero es que a mí no me cabía en la cabeza que Dios crease un universo con unas leyes físicas perfectamente trabajadas y luego se las saltase para demostrar su poder. Es como si el diseñador de un juego, para demostrar su pericia en él, se saltase las reglas que había creado y se dedicase a hacer trampas.

Al final te acabas haciendo tu marco de referencia ético-científico-moral y procuras ser coherente con él. Pero es difícil ser agnóstico en un país creyente, sobre todo cuando estás afianzando tus ideas. Cuando murió Franco yo ya estaba en la universidad, así que mi adolescencia la pasé en una sociedad religiosa.

En un ambiente así, cuando a alguien le dicías que no crees en Dios, invariablemente me veía envuelto en una conversación semejante a la siguiente:

- “¡¿Qué no crees en Dios?!, y entonces ¿quién ha creado todo esto?.

- Pues no estoy seguro ¿quién ha sido según tú?.

- ¡Dios!, claro.

- ¡Y quién creó a Dios?.

- ¿A Dios?. ¡Qué tonterías dices!. A Dios no le creó nadie, ha existido siempre.

- ¿Y por qué no pudo haber existido siempre el Universo de una manera u otra?.

- Pues… ¡porque no!. El Universo lo tuvo que crear alguien.

- ¿Y a Dios no?, ¿por qué?.

- Ya te lo he dicho, porque no, porque estaba ahí desde el principio.

- Vale, pues estamos los dos igual. Ninguno sabemos lo que pasó al principio, sólo que yo me he ahorrado un paso.

Entonces no conocía lo de la Navaja de Occam (“no ha de presumirse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias”), pero se ve que lo intuía ya.

El caso es que las veces que he preguntado a los creyentes por qué creen, nunca me han dado una explicación convincente. La verdad es que muchas veces ni se lo plantean. Aunque también hay que decir que yo tampoco les he convencido a ellos nunca, así que la cosa queda en tablas.


De todas maneras, visto como va el mundo en la actualidad, si fuese creyente pensaría que Dios creó el universo en seis días, al séptimo descansó y desde entonces no ha dado un palo al agua, aunque como eso de los días es metafórico y en realidad esos periodos bíblicos duraban miles de millones de años, igual es que aún estamos en su domingo y el lunes que viene se levanta con ánimo de enderezar las cosas, que la creación se le ha torcido un pelín.

Por otra parte, puede parecer esclarecedor el hecho de que la inmensa mayoría de los pueblos del planet hayan desarrollado alguna forma religiosa y tengan creencias divinas. El caso es que las culturas, ante problemas semejantes suelen encontrar soluciones semejantes y la religión es una importante forma de control social que conlleva una serie de actuaciones que facilita enormemente el mantenimiento de las civilizaciones que la desarrollan.

Las religiones entonces, existen no ya porque sean verdaderas, que no lo sé ni tengo medio de negarlo, sino porque son útiles, muy útiles. Tanto es así que si Dios no existiese habría que crearlo, así que lo que me pregunto es si no es eso lo que hemos hecho en verdad. Es más, creo que cada cultura crea sus dioses a su imagen y semejanza y no al revés. Examina la idiosincrasia de cada pueblo y su dios y sabrás por qué lo digo.

Otra cuestión es el importante consuelo psicológico que supone llevarte bien con tu dios. En principio te asegura la felicidad eterna, sea a base de vírgenes, de la contemplación de la belleza divina o de ambas cosas a la vez… como nadie ha vuelto para contarlo. Puede que esto te parezca una tontería, pero como dice Eduard Punset en su libro “El viaje a la Felicidad”, hace poco más de doscientos años, cuando la esperanza de vida de los humanos era de apenas treinta años, lo justo para reproducirse y poco más, era normal creer que la felicidad llegaría en la vida futura que estaba por venir, porque en esta había sitio para pocas alegrías.

Jorge Manrique en las "Coplas por la muerte de su padre" decía:


Este mundo bueno fue
si bien usásemos dél
como debemos,
porque, segund nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.



Coplas por la muerte de su padre

Cantadas por Paco Ibañez


Y como alegrías había pocas y penas bastantes, éstas se hacían más llevaderas si pensamos que son pruebas que Dios nos pone para ganarnos la salvación. Igual que la madre de Camino está convencida que Él ha elegido a su hija porque la quiere llevar consigo.


Es difícil para un padre asumir la muerte de un hijo. Estamos preparados para aceptar la muerte de nuestros padres, pero no la de nuestros hijos. Sin embargo ella le da gracias a Dios todos los días por la enfermedad de su hija. Evidentemente quiere sentir lo que dice para no decir lo que siente, por muy devota que sea. En fin, quien no se consuela… Para unos el argumento de la madre tendrá razón de ser, para otros será absurdo, todo dependerá de lo que cada uno crea.

Esto me recuerda un chiste de Faemino y Cansado.

Pregunta: “¿Por qué los de Lepe creen en Dios?.”
Respuesta: “Por la fe”.

No os lo toméis a mal. De buen rollo ¿eh?.

Saludos,


jueves, 22 de enero de 2009

El mensajero del miedo (detergente cerebral, busque, compare y si encuentra algo mejor... ¡cómprelo!)

Somos personas porque tenemos capacidad de razonar y además gozamos de libre albedrío, por lo menos eso sería lo ideal. Así, en situación de libertad, podremos hacer lo que se nos antoje siempre y cuando nuestras capacidades y nuestra moral nos lo permita.

En ocasiones nuestra libertad está restringida y nos vemos obligados a hacer lo que otras personas desean. Esto nos crea un malestar, una disonancia, porque a nosotros no nos gusta que nos impongan voluntades ajenas. Queremos ver, leer, hacer, comprar, vestir, aparentar, estudiar... lo que nos apetece y si lo conseguimos somos felices.

Pero... ¿funcionaría la sociedad si de verdad pudiésemos hacer lo que queremos?. Claro que no, pero entendedme, no me refiero a la anarquía carente de leyes. Me refiero a una situación justa, en la que pudiésemos hacer lo que deseamos sin perjudicar a los demás. La respuesta volvería a ser NO. La sociedad necesita que todos nos movamos por unos determinados cauces. El truco para conseguirlo y que sigamos siendo felices, es que nosotros estemos convencidos de que nos movemos así sin que nadie nos obligue, que lo hacemos por propia voluntad, sin manipulaciones externas. Así tendremos sensación de autonomía y estaremos contentos. Haremos lo que otras personas han planeado, pero como no nos enteramos seremos felices.

A mi juicio la sociedad tiene tres grandes herramientas para mover las masas. Por orden de antigüedad me refiero a: la religión, la política y la publicidad. En las tres nos encontramos con variedades agresivas y con variedades sutiles, pero en definitiva consiguen que queramos ver, leer, hacer, comprar, vestir, aparentar, estudiar... lo que a otros les apetece. Así gana la mayoría y el individuo también está contento. Todos bien. Situación idílica de felicidad asegurada y compartida. ¿Se nota que aún me dura el efecto de las navidades?.

Todas estas manipulaciones las consideramos normales y en general las aceptamos. Nos dejamos llevar. Intentamos explicar a nuestros hijos que no todo lo que dicen los anuncios es cierto, ni lo que prometen los candidatos, ni lo que piden los curas. Con eso y con cosas parecidas nos damos por satisfechos y nuestra rebeldía contra el sistema está a salvo. "Yo no me dejo convencer tan fácilmente".

Pero eso sí, nos escandalizamos cuando nos hablan de sectas que captan adolescentes separándolos de sus familias, de iluminados, políticos o religiosos, que les convencen para que se sacrifiquen por una causa, la que a ellos les interesa. Y desde los kamikazes hasta los terroristas suicidas (perdón por este enlace, pero es que me parece que me estaba poniendo muy serio) puedes escoger el ejemplo que más te guste.

¿Pero cómo es posible que les convenzan para hacer algo así?. Alguien dirá "les lavan el cerebro". Pues parece ciencia ficción pero es verdad. En el fondo las ligeras manipulaciones a las que nos someten los medios de comunicación al servicio de los susodichos intereses políticos, religiosos o publicitarios, son también lavados de cerebro, así que no nos escandalicemos. Si recuerdas la película "1984", basada en la novela homónima de George Orwell, sabrás a lo que me refiero, aunque en este caso las manipulaciones no eran tan ligeras y ocurrían en una sociedad totalitaria.


Lo que pasa es que la expresión "lavado de cerebro", así de repente parece muy fuerte. Lo asociamos con tortura y esa podría ser la idea original. Una tortura que anula la voluntad y creencias del individuo para conseguir que asuma la de sus torturadores. Se acuñó en Estados Unidos, después de la Guerra de Corea, cuando se vio que algunos soldados que habían sido hechos prisioneros durante el conflicto, a su regreso hablaban maravillas del comunismo en lugar de echar pestes de él. El proceso no se debía a lo que ahora llamaríamos Síndrome de Estocolmo, sino a un adoctrinamiento que combinaba procedimientos psicológicos y psiquiátricos, junto con el empleo de fármacos y técnicas de aislamiento, privación de sueño y alimentos. Como decía antes, toda una tortura destinada a anular la voluntad y las creencias del individuo para implantarle otras nuevas.

En "El mensajero del miedo", la película de 1962 de John Frankenheimer, se nos relata todo esto. Es un interesante thriller, protagonizado por Frank Sinatra y Laurence Harvey, en el que se nos describe de una manera efectista el proceso al que fueron sometidos los prisioneros y el perverso fin que se pretende alcanzar.

Una de las escenas más impactantes quizás es cuando los científicos, supuestamente chinos, les demuestran a sus colegas, supuestamente rusos, los resultados conseguidos.


En 2004 se hizo un remake de El mensajero del miedo. Dirigido por Jonathan Demme y protagonizado por Denzel Washington y Liev Schreiber, es un film que mantiene la trama original aunque con ligeros cambios. La historia adquiere mayor ritmo y está más adaptada al gusto actual. Y aunque la acción bélica transcurre en los días previos a la Guerra del Golfo, los malos no son los iraquíes, sino los miembros de una corporación financiera que a toda costa quiere colocar a su candidato en la presidencia, aunque no sé cómo pretendían hacer pasar a alguien tan robotizado.

Destaca aquí el malvado papel que interpreta Meryl Streep, mucho más intrigante que el equivalente que hizo la perspicaz Angela Lansbury en 1962.


Si os fijáis, estos procedimientos recuerdan a las técnicas de modificación de conducta que empleamos con notable éxito los psicólogos. Constituyen un excelente recurso en procesos de terapia y también de enseñanza, lo que no obsta para de vez en cuando los veamos empleados malintencionadamente por lo impactantes que pueden llegar a ser. Acordaros del "tratamiento Ludovico" que mencionamos al hablar de "La Naranja Mecánica". Esos ejemplos quedan en la memoria del grán público de manera mucho más intensa que cualquier otro ejemplo normal de terapia que podamos citar. Somos así, nos quedamos con lo que más impresiona y lo normal no suele ser impactante.

Pero el caso es que los ejemplos de lavado de cerebro pueden ser mucho más habituales de lo que llegamos a pensar. Que nos encontramos con ellos constantemente. Vivir en una democracia no nos libra de ellos. Aunque suelen ser ejemplos más sutiles, "asumibles" y no les damos mayor importancia. Los aceptamos porque en el fondo es más cómodo vivir con ellos que rechazarlos. "La moda no incomoda" decía mi peluquero cuando yo llevaba el pelo largo.

Y si los ejemplos cinematográficos que hemos visto hasta ahora no te han hecho recapacitar suficiente, échale un vistazo al reportaje que se emitió en abril de 2006 en Redes. Se titulaba ¿Cómo podemos defendernos del lavado de cerebro?.


Si te interesa puedes verlo entero en este enlace.

Por cierto ¿qué opinas de que se cite aquí la educación como una forma de lavado de cerebro?. Si la enseñanza constituye un lavado de cerebro no será educación, pues ésta es la única que nos puede ayudar a defendernos de tamaña agresión.

Esto es todo. Si quieres que te avisen cuando emitan "El mensajero del miedo" por televisión pulsa aquí para la versión de 1962 y aquí para la de 2004.

Saludos.



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