AVISO IMPORTANTE

AVISO: Las informaciones contenidas en este blog pueden desentrañar importantes aspectos del argumento, incluso del final de la película en cuestión.
Mostrando entradas con la etiqueta miedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta miedo. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de octubre de 2011

El Castor

Ya lo he comentado varias veces. El que una película te guste o no depende en muchas ocasiones de las expectativas previas que tengas sobre ella.

Empecé a ver "El castor" (The beaver, Mi otro yo o La doble vida de Walter, dependiendo de dónde la veas tú) sin demasiado entusiasmo. La crítica no la había tratado muy bien, pero el hecho de que tuviese a Jodie Foster por directora y protagonista me animó bastante. Me gusta mucho el trabajo cinematográfico que ha hecho y encuentro que se lleva muy bien con la cámara, incluso dirigiéndola desde atrás.

Mel Gibson en cambio no me emociona demasiado, la película suya que más me había gustado fue "El año que vivimos peligrosamente", aunque reconozco que quizás me dejé llevar emocionalmente por la música de Vangelis.



Pensé que últimamente Gibson estaba de capa caída, pero he de admitir que en "El castor" hace una buena interpretación y eso que el de Walter es un papel difícil.

Se trata de un ejecutivo que ha caído en una profunda depresión. Nada le motiva. Su negocio se encamina hacia el desastre y su familia también. Un día de borrachera se intenta suicidar, pero como va siendo habitual en su vida, le sale mal y no lo consigue. Lo único positivo de este episodio es que la marioneta de un castor que encontró en la basura, toma las riendas de su vida y, representando su propia conciencia, se propone sacarle del pozo en el que ha caído.

Animado así por el castor empieza una etapa de ferviente actividad en la que vuelve a tomar la rienda de sus negocios y su familia. Se inicia así una fase de manía que nos hace pensar que Walter pueda padecer un Trastorno Bipolar difícil de clasificar con los datos que nos ofrece la película.

El hecho de que la personalidad de Walter se vea totalmente arrollada por la de "el castor" podría hacer pensar también en un Trastorno de Identidad Disociativo (TID) en el que dos personalidades acaban compitiendo por el control del sujeto, desencadenando una lucha que a mí me recordó a la de Sméagol y Gollum en El Señor de los Anillos y que además en este caso tiene el inquietante trasfondo del ventrílocuo que se ve superado por la personalidad de su marioneta.


El TID es algo que queda muy bien en el cine pero evidentemente no es lo que le pasa a Walter, así que dejando a parte tan interesantes recursos dramáticos, pienso que lo que le ocurre a nuestro protagonista se debe a que al final de su periodo de manía desarrolla un brote psicótico cercano a la esquizofrenia, que le lleva a cortarse el brazo antes de que el castor se adueñe totalmente de su vida.

Evidentemente, en ese momento Walter había perdido el sentido de la realidad y su recuperación física y psíquica parece más complicada que la que nos presenta el final feliz de la historia.



Pero en el aspecto psicológico también conviene que te fijes en el personaje de Porter (Anton Yelchin), el hijo adolescente que ha pasado de tener a su padre como modelo a horrorizarse ante cualquier similitud con él, llegando a obsesionarse con la idea de que en algún momento podría llegar a seguir sus mismos pasos.

La figura de Porter es quizás una exageración de un proceso que se puede observar en bastantes adolescentes, el hecho de que sus padres pasen de ser héroes y fuentes de inspiración a seres extraños con los que no tienen nada en común. No nos extrañemos, es el resultado de un proceso normal en el que el muchacho pasa de ser niño a adulto y se tiene que adaptar a los cambios físicos y psicológicos que sufre. Se tiene que volver a descubrir a sí mismo y redefinir su mundo. Para ello no le queda más remedio que poner en cuestión todo lo que le rodea, incluidos o mejor dicho, sobre todo sus padres.

Pero Porter no sólo llama la atención por su rebeldía adolescente. Tiene además la capacidad de conocer a sus compañeros en ocasiones mejor que ellos mismos. Empatiza con ellos y eso le sirve para ganarse un dinero escribiendoles trabajos como si fuesen ellos mismos. Bueno, mejor que ellos mismos, pues es capaz de de introducir el tono emocional de una manera que los interesados serían incapaces de hacer.

Así fue capaz de llegar al interior de Norah (Jennifer Lawrence), la popular animadora que reprimía cualquier cosa que le recordase a su hermano muerto por sobredosis y por quien aún sigue sintiendo un profundo cariño y añoranza.

Henry (Riley Thomas Stewart), el hijo pequeño, en el seno de esta familia desestructurada se acaba volviendo un inadaptado, solitario y melancólico, que en el fondo lo que quiere es llamar la atención de sus padres. Él es el primero de la familia en conocer al castor y se siente entusiasmado por el cambio de actitud hacia él de su padre y su juguete.

Meredith (Jodie Foster), la mujer de Walter, intenta mantener la coexistencia de la familia, pero acaba arrojando la toalla y refugiándose en su trabajo.

Como ves es una historia de personajes complicados, pero a los que desde el punto de vista psicológico se le puede sacar bastante partido. Es una película no convencional que se merece el tiempo que le dediques a verla y a reflexionar sobre ella.

Saludos,



Compartir

jueves, 3 de marzo de 2011

Amor y otras drogas

Pensé que "Amor y otras drogas" era una comedia romántica para pasar el rato, pero la verdad es que puede ser un punto de partida interesante para reflexionar sobre el amor, las enfermedades neurodegenerativas, como el Parkinson y sobre el marketing farmacéutico. Cada uno de los temas daría para una película pero ésta de Edward Zwick tiene la ventaja que toca los tres.

El amor es una emoción y como tal es algo intenso y que se escapa a nuestro control voluntario. Pero es una emoción secundaria y por lo tanto tarda en aparecer, es decir que requieren de la socialización y de un proceso de maduración de nuestro sistema nervioso para manifestarse. A diferencia de por ejemplo el miedo, emoción primaria, que se presenta prácticamente desde que nacemos, el amor, como la vergüenza, necesita que tengamos consciencia de nosotros mismos como seres diferenciados de los demás para ponerse de manifiesto.



Por lo demás es una sensación sublime que implica pertenencia, entrega y trascendencia, que hace que nos sintamos tremendamente felices o tremendamente desgraciados, en todo caso es una emoción especial que nos mueve como personas y como especie, despertando grandes sentimientos de empatía entre los que la contemplan.

Todo esto lo comprobamos cuando el caradura de Jamie (Jake Gyllenhaal) se queda prendado de de Maggie (Anne Hathaway), una chica divertida y segura de sí misma que no quiere comprometerse. Tiene parkinson precoz y aunque ahora puede hacer vida normal sabe que en el futuro no será así. Sabe que necesitará ayuda, pero no quiere ser una carga para la persona que ame.

Ambos se ven implicados en un juego de sacrificio. Bien es cierto que Jamie no está acostumbrado a que las chicas le rechacen. Su personalidad arrolladora no deja lugar a las negativas, eso, además de hacer de él un vendedor sin competencia, le hace disfrutar de una variada vida sexual. Pero el que Maggie le rechace acrecienta su interés y su persistencia, haciendo que la chica acabe admitiendo una relación basada en sexo sin compromiso (no confundir con el concepto de follamigo).

En teoría está muy bien eso de acostarse sin comprometerse y que cada uno sea libre de hacer su vida. En la práctica no va tan bien. Ese argumento lógico no tiene en cuenta que el amor no lo es y aparece cuando menos uno lo espera, aunque en esta historia estaba cantado.

¿Por qué nos enamoramos?, pues primero porque estamos predispuestos hacia ello. El amor es algo que asegura el mantenimiento y la supervivencia de nuestra especie. Nos lleva a formar parejas y a reproducirnos. Esto, que visto así es algo totalmente carente de romanticismo y efectivamente tiene una motivación puramente práctica, es lo que subyace tras la ternura de nuestros sentimientos.

La evolución es una cosa muy seria y a lo largo de millones de años de historia ha aprendido cuales son las mejores maneras de asegurar la permanencia de cada especie. En los humanos la emoción más intensa, el amor, está ligada al establecimiento de una pareja. Por otra parte, la sensación placentera natural más intensa se produce por el sexo. Entre una cosa y la otra, la reproducción y la crianza de la prole en un entorno estable está asegurado.

De hecho, el matrimonio, fenómeno cultural que normalmente se entiende como consecuencia del amor, es la pieza que nos faltaba para el establecimiento de un núcleo social, la familia, que proporciona la estabilidad necesaria para nuestro desarrollo como persona. Tanto es así que las únicas sociedades humanas que han logrado desarrollarse son las que en un momento dado de su historia, adoptaron semejantes usos culturales. En su mayoría este tipo de procesos no son conscientes, ocurren por el sistema de “ensayo – error” en el que las poblaciones que no daban con la respuesta correcta simplemente se extinguían.



Así que Jamie y Maggie están filogenéticamente condenados a enamorarse y vete tú a saber si a formar también una familia, pero el hecho es que esa sublime sensación de entrega y trascendencia que implica dejar de ser uno mismo para formar parte del otro, acaba rompiendo todas las barreras que la lógica había impuesto.

En su relación hay dos puntos de inflexión. El primero es conferencia sobre el parkinson en Chicago. En ella Maggie siente por primera vez que no es un bicho raro y se siente por fin libre para aceptar el amor de Jamie. Pero al mismo tiempo alguien le abre a él los ojos sobre el futuro que le espera si sigue en su relación. Así que cada uno se mueve hacía la posición del otro, pero sobrepasando el punto de convergencia y situándose en posiciones nuevamente divergentes, aunque de sentido contrario a las que tenían anteriormente.

El segundo y definitivo punto de inflexión ocurre cuando Maggie convence a Jamie de aceptar la realidad de su situación médica y disfrutar el momento, dejando de buscar a toda costa remedios que todavía no existen. En ese momento los dos alcanzan el punto intermedio en el que pueden disfrutar de su amor.

Es una decisión difícil pues implica aceptar la realidad del Parkinson. Actualmente el tratamiento farmacológico permite que los enfermos puedan hacer vida normal durante cada vez más tiempo. En el año en que se sitúa la historia el futuro no era tan halagüeño y la perspectiva de los estadios más avanzados de la enfermedad era bastante preocupante.

El Parkinson se produce por una destrucción progresiva de las neuronas de la sustancia negra del cerebro, sin que se sepa muy bien por qué. Se trata entonces de una enfermedad neurodegenerativa que se va agravando con el tiempo, produciendo una dificultad creciente en el movimiento voluntario, cosa que normalmente se asume como el principal efecto, sino el único de la enfermedad. En realidad también afecta a la función cognitiva y a la emocional de las personas.

A diferencia de lo que ocurre en patologías como el Alzheimer, aquí el sujeto es plenamente consciente de su proceso degradativo, lo que le puede llevar al enfermo de Parkinson a sumirse en un estado de indefensión que puede terminar en una espiral depresiva.

Aunque en estos casos, mucha carga de la enfermedad descansa en los familiares que se hacen cargo del enfermo. Es conocida por todos la presión psicológica que recae en los cuidadores. Maggie es consciente de todo ello y aunque esta en un estadio precoz de la enfermedad, quiere evitar el sufrimiento de Jamie. Ambos ejemplifican los conceptos de sacrificio y entrega inherentes al amor, contribuyendo a aumentar el tono emotivo de la historia.




He mencionado antes que la depresión es frecuente entre los enfermos de Parkinson, pero también lo es en muchas otras circunstancias. La mayoría de los psicofármacos que se fabrican están destinados a combatirla en sus muchas variantes y con sus patologías asociadas. Más del tres por ciento de la población de los países occidentales la padece. En el Tercer Mundo la proporción es bastante menor. No es extraño, tienen otras cosas de qué preocuparse.

Pero aunque en nuestra cultura lo consideremos algo habitual y de vez en cuando todos hayamos confesado que estamos con “la depre”, lo cierto es que se trata de una patología recalcitrante, en la que el enfermo siente que no puede hacer nada para curarse y en muchas ocasiones se culpabiliza de su triste situación.

Aunque detrás de la depresión haya una causa real que podría tratarse psicológicamente, el paciente es incapaz de afrontar la psicoterapia requerida, por lo que en muchas ocasiones conviene comenzar con un tratamiento farmacológico que refuerce el estado de ánimo del sujeto.

El caso es que el deprimido es un cliente importante y la industria farmacéutica pugna por la preponderancia del mercado. “Reclutar” dignamente al médico para que recete tus productos y no los de la competencia es un arte complicado que requiere su estrategia. No creo que se llegue a las manos como en el caso de Jamie, representante del Zoloft de laboratorios Pfizer y Trey, el apuesto representante del Prozac de laboratorios Lilly. Ambos productos son inhibidores de la recaptación de serotonina, un neurotransmisor que se encarga de combatir diversas sensaciones negativas de nuestro organismo, provocando placenteros estados de ánimo. Pero como la mayoría de sustancias naturales que actúan a nivel del sistema nervioso central, la serotonina es de acción insidiosamente fugaz, cosa que se encargan de remediar los inhibidores de su recaptación como la fluoxetina (Prozac) o la sertralina (Zoloft), las sustancias pioneras en el logro de la felicidad artificial. Bueno, sin hablar de la Viagra (sildenafilo) que proporciona otro tipo de “felicidad”, cuyo impacto queda perfectamente retratado en la película.

Por cierto, antes de terminar quería comentar una curiosidad farmacéutica de la que me enteré por la película. Lo de las excursiones a Canadá para comprar medicamentos es algo totalmente cierto y fue una actividad muy popular y necesaria durante unos años para los jubilados estadounidenses y las clases más desfavorecidas. Llama la atención que cosas que aquí tenemos asumidas, como la financiación de los medicamentos por parte de la Seguridad Social, en otros países “más avanzados” sean algo impensable.

Resumiendo “Amor y otras drogas” no es sólo una comedia romántica para pasar el rato. Tiene muchos detalles para meditar y aunque no sea la típica película para hablar de psicología podemos encontrarle bastantes cosas interesantes.

Saludos,



Compartir

lunes, 7 de febrero de 2011

El discurso del rey

Una historia "real" de tartamudez


Dicen que a la reina Isabel II le gustó mucho esta película. No me extraña, deja muy bien a su padre, el rey Jorge VI, alguien que demostró valor, perseverancia y coraje.

Si miramos su biografía nos dirá que era el segundo hijo varón de Jorge V y que accedió al trono cuando renunció a él su hermano mayor, Eduardo VIII, el “rey que abdicó por amor” para casarse con Wallis Simpson, una norteamericana de clase alta dos veces divorciada. Demasiado para la encorsetada monarquía británica.



Es cierto que en tiempos de crisis se necesita que las figuras clave den ejemplo y él lo hizo, sin ir más lejos cuando durante la Segunda Guerra Mundial él y su familia permanecieron en su residencia de Londres durante la época de la Batalla de Inglaterra, negándose a desplazarse a Canadá como le aconsejaba el gobierno. Este hecho es muy famoso y si bien en las monarquías parlamentarias, “el rey reina pero no gobierna”, por lo menos debe ser un referente y ahí Jorge VI estuvo en su lugar.



Lo que habitualmente no se menciona cuando se habla de él es que era tartamudo. La tartamudez es un defecto del habla que a veces adquiere un matiz peyorativo y la persona que lo padece, el “tartaja”, es frecuentemente etiquetado de tonto o simple. Sólo tienes que repasar el acervo de chistes populares para saber que lo que digo es así, aunque bien es cierto que el humor a veces es cruel y se ceba, entre otras cosas, en todo lo que es minoritario o no es propio de nuestra cultura. Haz lo que te digo, piensa en los chistes que conoces y verás a lo que me refiero.

Actualmente, quizás para evitar ese matiz peyorativo que mencionaba, a la tartamudez se le prefiere llamar “disfemia” y se sabe que es un trastorno del ritmo del habla que no tiene que ver con trastornos de los órganos fonatorios, ni implica incapacidad lingüística, ni por supuesto problemas con la inteligencia.



En la cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM IV) se nos apuntan las siguientes características:

Criterios para el diagnóstico del F98.5 Tartamudeo (307.01)
A. Alteración de la fluidez y la organización temporal normales del habla (adecuadas para la edad del sujeto), caracterizada por ocurrencias frecuentes de uno o más de los siguientes fenómenos:

1. repeticiones de sonidos y sílabas
2. prolongaciones de sonidos
3. interjecciones
4. palabras fragmentadas (p. ej., pausas dentro de una palabra)
5. bloqueos audibles o silenciosos (pausas en el habla)
6. circunloquios (sustituciones de palabras para evitar palabras problemáticas)
7. palabras producidas con un exceso de tensión física
8. repeticiones de palabras monosilábicas (p. ej., "Yo-yo-yo le veo")

B. La alteración de la fluidez interfiere el rendimiento académico o laboral, o la comunicación social.

C. Si hay un déficit sensorial o motor del habla, las deficiencias del habla son superiores a las habitualmente asociadas a estos problemas.

Pero claro, implique alteraciones intelectuales o no, no está bien visto que un monarca tartamudee, da sensación de falta de confianza en sí mismo y le quita credibilidad a lo que dice. Algo totalmente inadecuado y menos para la época que le toco vivir a Jorge VI.



Parece ser que padecía una disfemia mixta, caracterizada por un bloqueo a la hora de iniciar el discurso y por espasmos que ocasionan la repetición de sílabas al inicio o en el medio de la frase.

Aunque en la película se apunta un trauma infantil, en parte ocasionado por las estrictas costumbres de la familia real, como causa del trastorno, en realidad los orígenes de la disfemia son poco claros. Se habla de la importancia del factor hereditario, que quizás interaccione con el temprano proceso de aprendizaje.

También puede extrañar la mayoritaria prevalencia masculina en este trastorno. Tres de cada cuatro afectados son varones, aspecto este que es bastante común en los trastornos del lenguaje. Quizás se deba a que las mujeres tienen distribuidas las funciones del lenguaje en los dos hemisferios cerebrales, pero lo cierto es que padecen muchos menos problemas de lenguaje.

Se habla también de problemas de índole psicológico, aunque nuevamente no existe unanimidad en ello, ni tampoco sobre la posible base subyacente de trastornos neurológicos.

Lo que sí parece demostrado es la relación con los trastornos de lateralidad. Los zurdos, sobre todo los contrariados como el caso de Jorge VI, presentan una mayor proporción de tartamudez.

Al mismo tiempo, en las situaciones estresantes y en las que se incrementa la ansiedad del sujeto se aumenta la intensidad de la disfemia.

Como medidas de prevención y tratamiento se habla de afianzar la confianza del niño siendo paciente con su ritmo verbal, no intentando corregirle ni adivinar lo que quiere decir, sino dejarle que lo haga tomándose su tiempo.

Por otra parte, técnicas como las que aparecen en la película, por ejemplo el ensombrecimiento de la propia voz, la relajación, el control de la respiración, el habla rítmica, el refuerzo positivo o la desensibilización sistemática, son absolutamente adecuadas para el tratamiento de la disfemia. Aunque quizás el principal mérito de su logopeda fue su sentido común, que le llevó a desaconsejar los métodos que le recomendaron los especialistas anteriores, como el "fumar para relajar la laringe". No es cierto que tal efecto se produzca y además probablemente contribuyó a agravar el cáncer de pulmón que en 1952 produjo el fallecimiento del monarca.



Resumiendo, la película dirigida por Tom Hooper tiene muchos méritos y a mi juicio es altamente recomendable. Primero cuenta con un magnífico elenco de actores. Encabezados por Colin Firth y su genial interpretación de Jorge VI, pero sin desmerecer a los demás no quiero dejar de mencionar a Geoffrey Rush (el inolvidable Barbossa) dando vida al terapeuta Lionel Logue. A Michael Gambon (el entrañable Maigret) interpretando a Jorge V. Y a Derek Jacobi (Claudio “el tartamudo”) interpretando a Cosmo Lang, el arzobispo de Canterbury.

También la ambientación y puesta en escena de la película me pareció excelente. Dibuja perfectamente el encorsetado día a día de la monarquía británica de principios del siglo pasado, imagino que similar al resto de las monarquías europeas.



Pero a mi juicio lo principal es el retrato que se hace de la tartamudez, explicando su origen y los perjuicios a los que se ven sometidos los que la padecen, el tratamiento necesariamente dispensado y recibido con perseverancia y paciencia, requisitos indispensables para superar la frustración del disfémico y, no lo olvidemos, de su terapeuta.

Y si de verdad quieres disfrutar "oyendo" la película, te recomiendo verla en inglés aunque tengas que esforzarte un poco más leyendo los subtítulos.

Para más información sobre la disfemia te sugiero que leas el siguiente artículo.

Saludos,



Compartir

lunes, 24 de mayo de 2010

Un día de furia

Dirigida por Joel Schumacher en 1993, "Un día de furia" es un drama personal al que psicológicamente se le puede sacar más provecho de lo que en un momento parece.

Nos presenta la historia de un personaje aparentemente contradictorio, William Foster (Michael Douglas), un ejecutivo de aspecto tranquilo que nos sorprende con sus violentas reacciones.

A mi juicio la primera escena es muy interesante y parece que va a definir el sentido de la película. Atrapado en medio de un atasco de tráfico, con un calor sofocante que el aire acondicionado del coche no puede paliar, todo el ambiente que rodea a William se vuelve hostil y vemos como su tensión aumenta, augurando la explosión de furia que anuncia el título de la película.

Pero no, tal explosión no se produce. William se harta, decide que no puede aguantar más, así que abandona su automóvil en medio de la autopista y se va caminando, ante el asombro del resto de los conductores.




Su actitud es tranquila. Le dice a otro conductor que deja el coche y se va andando a su casa, pero se lo dice sin ningún asomo de enfado. Incluso actúa de igual manera en el resto de interacciones que mantiene con la gente que se cruza. Él está sereno, calmado y es bastante amable, pero cuando obstaculizan sus propósitos, sobre todo cuando lo hacen de manera abusiva o que él considera injusta, es cuando reacciona de manera violenta.

Aunque es una violencia curiosa, por lo menos a mí me llamó la atención. No se deja llevar por un arrebato de ira en el que reacciona sin pensar y luego se arrepiente de lo que ha hecho. No. Al contrario. Mantiene una postura sosegada, sin alterarse. Parece que la hostilidad no es una opción en su abanico de conductas posibles. Pero nunca retrocede y cuando alguien intenta imponerse injusta o violentamente, reacciona con una contundencia inesperada, utilizando las armas que antes habían empleado contra él.




William parece que toma el papel de súper héroe de “a pie”. Un ciudadano justiciero y hasta vengativo que no tiene piedad con la publicidad engañosa, ni con los chicos que le asaltan en el parque, ni con el comerciante que le pide un precio abusivo por un refresco. Eso le costara que le destroce la tienda, pero que antes de irse le abone el precio que consideraba “justo”.

Cuando la estaba viendo, pensé que la película podía reflejar adecuadamente el fenómeno que Zillman había definido como “transferencia de la activación”. Según esto, una persona que se viese sometida a una experiencia activadora (estresante) podría no manifestar en ese momento la descarga emocional que sería de esperar, pero podría quedarse lo suficientemente excitada para que luego un segundo estímulo, aparentemente insignificante incluso, desencadenase una reacción desmedida, que sería evidentemente más la respuesta a la primera experiencia que a la segunda. Entonces, sólo podremos comprender esa reacción si conocemos la historia previa.

La película nos muestra todas esas historias previas. Vemos como William acumula tensión en el momento del atasco, pero entonces no reacciona. Se va con su tensión acumulada hasta que se topa con el comerciante coreano, que recibe su descarga de ira cuando no le da el cambio que necesita y le pide un precio abusivo por la bebida. Y lo mismo en toda la película.




Está separado de su mujer. Es el cumpleaños de su hijita y sólo quiere verla ese día para llevarle un regalo. Pero su mujer no quiere saber nada de él y parece que todas las circunstancias se han puesto en contra de esa visita. Se siente frustrado y cada episodio que vive incrementa más su excitación, aumentando la violencia de sus reacciones. Así en la genial escena de la hamburguesería, los empleados se quedan perplejos cuando William la emprende a tiros por que la hamburguesa que le dan no es como la de la foto.




Esas explosiones de ira serían lo lógico y esperable después de las experiencias que vive el protagonista. Pero hay algo que no cuadra en las escenas violentas. La ira implica una respuesta emocional, no meditada, en la que es nuestro sistema límbico y no la corteza cerebral el que regula nuestras acciones y da rienda suelta a nuestra energía.

Aunque no lo parezca, la ira, como todas las emociones, es una respuesta adaptativa y muy útil para nuestra supervivencia. Proporciona una alta activación que dota a nuestras acciones de una elevada energía que da contundencia a nuestra respuesta. Además el rostro adopta una expresión facial característica que avisa a todo el mundo del estado emocional en el que nos encontramos y es una señal para que no se interpongan en nuestro camino. Pero lo característico es que todo eso ocurre rápidamente, a veces demasiado. Es como un acto reflejo en el que se actúa sin pensar, sin evaluar las consecuencias y en muchas ocasiones “metiendo la pata”.




Pero eso no pasa aquí, William no se deja llevar por la ira. Reacciona violentamente pero nunca pierde la compostura, ni el control. Su rostro no se altera. Sus acciones son medidas, hace lo que quiere hacer porque considera que debe de dar su merecido a alguien. Pero la furia en su acepción más conocida brilla por su ausencia.

Creo que el título original en inglés Falling Down (Cayendo) refleja muy bien esa sensación de huida hacia delante que vive el protagonista. El título que le han puesto en español “Un día de furia” es poco meditado y nos lleva a pensar en un irascible personaje que en principio no existe (luego te comentaré por qué pongo “en principio”).

Pero entonces ¿que le pasa a William?. Pues es una persona psicótica, antisocial que parece sufrir un trastorno de control de impulsos. Aunque no se deja llevar por la ira y tampoco pierda su aspecto de meticuloso oficinista, sus violentas reacciones son desproporcionadas e inadmisibles en el marco de la convivencia social. Probablemente todos hubiésemos deseado reaccionar como él en más de una ocasión, aunque normalmente no lo hacemos. Las reglas de la convivencia nos lo impiden.

Pero sí hay una escena en la que vemos a William perder los estribos. ¿Sabes cuál es?. La secuencia de la película que ve en el vídeo de la casa de su mujer. Cuando su hija no hace lo que él quiere y eso le provoca una irritación exagerada. Tal escena no parece ser un episodio aislado y sus frecuentes e impredecibles repeticiones son lo que han provocado la separación de su mujer. Es el único momento en el que vemos al personaje irascible que antes había comentado que “en principio” no existía.

El trastorno de control de impulsos del que hablaba antes parece entonces que se manifiesta como un trastorno explosivo intermitente, que sería el auténtico problema de William. Pero te sugiero que vuelvas a ver la película, compares les escenas violentas y veas la diferencia entre los episodios que le suceden a lo largo de la historia y el que está grabado en la cinta de vídeo. Comprobarás lo que es furia y lo que no lo es.

Ese trastorno explosivo intermitente se caracteriza según el DSM IV por:

A. Varios episodios aislados de dificultad para controlar los impulsos agresivos, que dan lugar a violencia o a destrucción de la propiedad.

B. El grado de agresividad durante los episodios es desproporcionado con respecto a la intensidad de cualquier estresante psicosocial precipitante.

C. Los episodios agresivos no se explican mejor por la presencia de otro trastorno mental (p. ej., trastorno antisocial de la personalidad, trastorno límite de la personalidad, trastorno psicótico, episodio maníaco, trastorno disocial o trastorno por déficit de atención con hiperactividad) y no son debidos a los efectos fisiológicos directos de una sustancia (p. ej., drogas, medicamentos) o a una enfermedad médica (p. ej., traumatismo craneal, enfermedad de Alzheimer).

A falta de conocer mejor el historial de William y de poder realizarle otras pruebas, creo que con los datos que nos da la película se pueden descartar otros trastornos de personalidad. Pero con lo que hemos visto y deducido ya tenemos una explicación bastante coherente de lo que pasa. A saber: que el título de la película nos ha confundido y que el cine a veces se equivoca al manejar los trastornos psicológicos o, en todo caso, no lo hace con la rigurosidad requerida.

En resumen, si William padece un trastorno explosivo intermitente no es normal que actúe con tanta sangre fría durante toda la película. Y si no lo padece, no es normal que pierda los estribos de esa manera en la escena con su hija. ¿O sí?. ¿A ti qué te parece?.



Otro personaje que nos puede pasar desapercibido en medio de tanta violencia es el de Amanda Prendergast (Tuesday Weld), la mujer del detective Pendergast (Robert Duvall). Seriamante afectada por la muerte de su pequeña hija, parece sumida en un estado depresivo, agravado por un miedo obsesivo de que a su marido le pueda pasar algo.

Se refugia constantemente en su esposo, agobiándole con sus imaginarios males que pueden hacer incluso pensar que Amanda pueda padecer el Síndrome de Münchausen, sufriendo enfermedades ficticias para reclamar constantemente las atenciones del marido.

Tal situación es la que provoca que el detective pida la jubilación anticipada para aliviar a su mujer del miedo que le produce su trabajo de policía y también para poder prestarle las atenciones que requiere. Es una decisión que sus compañeros no comprenden, va en contra de sus principios y de su vocación de policía, pero está dispuesto a realizar ese sacrificio por amor.

La decisión del sensato detective es a todas luces equivocada, ya que lo único que haría es reforzar la conducta de su mujer, que probablemente se fuese incrementando en lo que a solicitud de atenciones se refiere. Afortunadamente, el final feliz de la película pasa porque Pendergast se replantee su decisión de pedir la jubilación y siga “disfrutando” de su trabajo, que es lo que de verdad le gusta.

Saludos,




Compartir

viernes, 5 de marzo de 2010

Celda 211

Vi Celda 211 después de la entrega de los Goya de este año. Craso error y lo sabía. Después del rotundo éxito de la película en dicho certamen tienes las expectativas muy altas. Pero afortunadamente no me decepcionó. La historia está muy bien planteada, la interpretación por lo general me pareció estupenda, igual que la narración, la ambientación, el ritmo y todo lo demás. En definitiva, una muy buena película de Daniel Monzón.




Desde el punto de vista psicológico, es evidente que la historia de una revuelta en una cárcel nos dibuja un marco ideal para estudiar situaciones límite y la respuesta humana ante ellas. Aspectos como el liderazgo, la autoridad, la sumisión, las emociones, la ansiedad, el estrés y la necesidad de adaptación a una situación que cambia rápidamente es algo que nos queda tremendamente claro viendo la película.




La verdad es que estaba tentado a tratar de todo ello en esta entrada, pero es algo que ya comenté hablando de “El Experimento” (recordad la respuesta que Philip Zimbardo daba a la pregunta de ¿por qué las personas buenas hacen en ocasiones cosas malas?), “La Ola” e incluso "La Naranja Mecánica".

Por ello, en el aspecto de la Psicología en general y de la Psicología Social en particular, Celda 211 no nos sirve para abrir ningún debate nuevo, sino para ponerla en relación con las películas anteriormente comentadas. Por mi parte, intentar otra cosa sería repetitivo.

En cuanto a la historia ya he dicho que me parece excelente, y que retrata fenomenalmente el ambiente carcelario. En el marco de la UNED he asistido varias veces al Centro Penitenciario de Palma de Mallorca (nada que ver con el que aparece en la película) y sí, hay una cosa que te llama la atención, sobre todo la primera vez que entras. Es cuando en los sucesivos controles vas dejando tus efectos personales (documentación, móvil, llaves...) y vas viendo (sintiendo) cómo se cierran las puertas tras de ti. Inconscientemente no puedes evitar preguntarte si luego se volverán a abrir.

Algunos de los reclusos con los que traté tenían bastante semblanza con los de la película, incluso con "Malamadre" (Luis Tosar), duros que en el fondo son ingénuos. Otros sorprendían por su cultura y educación y no sabías bien qué es lo que hacían allí.



Pero volviendo a la trama de la película, no puedo evitar comentar dos puntos que no dejan de chirriarme.

El primero es la historia de Elena (Marta Etura), la encantadora mujer embarazada de Juan "Calzones" (Alberto Ammann). Lo siento por ella, pero en cuanto te la presentan ya te imaginas cómo va a acabar. Ese final de su historia me parece un recurso fácil para emocionar al espectador y que sobraba por previsible.




El segundo es la actuación del súper duro Utrilla (Antonio Resines). Entiendo su papel de malo en la historia. Es el responsable de la seguridad del centro penitenciario. Ya le vale que se pase en los interrogatorios, pero francamente ¿qué necesidad tenía él de coger un casco y una porra y salir a la calle?, ¿a qué?, ¿no había más malos para hacer eso?, ¿tiene él la exclusiva para hacer todas las maldades en esa cárcel?. Es cierto que de no ser así el desenlace de la película no sería el mismo, pero me parece que ahí han forzado un poco el guión.

Quitando estos dos puntos, sobre los que he plateado mi opinión estrictamente personal y que no tiene por qué coincidir con la tuya, he de decir que Celda 211 me parece una excelente película que además de verla por el placer de contemplar algo bien hecho, nos puede servir para reflexionar ampliamente sobre la Psicología de sus complejos personajes.

Saludos y que la disfrutes,



Compartir

lunes, 23 de marzo de 2009

La habitación de Fermat

Piensa o muere


¿Os gustan los problemas de inteligencia?. Tanto si la respuesta es sí o no, creo que esta película os habrá interesado, u os interesará si es que aún no la habéis visto.

La Habitación de Fermat está dirigida por Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña, quizás más conocidos por su participación en El Hormiguero.

Es una historia de intriga en la que cuatro matemáticos de renombre son citados a una reunión en la que se les propondrá una ingeniosa prueba de su inteligencia.



Se les conocerá por sus apodos Hilbert (Lluís Homar), Galois (Alejo Sauras), Oliva (personaje que por cierto no destacó precisamente por las matemáticas, interpretado por Elena Ballesteros) y Pascal (Santi Millán). Siendo el anfitrión Fermat (Federico Luppi).



Alguno de ellos ha estado trabajando en la demostración de la Conjetura de Goldbach, que dice que todo número para, mayor de dos, puede expresarse por la súma de dos números primos. Con mi mentalidad simple y poco matemática confieso que le veo poca utilidad a semejante planteamiento. Me refiero a que todo número par mayor que dos se podrá expresar como la súma de dos números primos y también como la suma de dos o más números que no lo son ¿y qué?. Pero bueno, es una reflexión que Christian Goldbach le hizo a Leonhard Euler en la correspondencia que mantuvieron, allá por el año 1742 y que también ha aparecido en otras películas como "La verdad oculta", de la que quizás podríamos hablar en otra ocasión. En fin, algún interés tendrá, pero a mí no me parece mucho más útil que el resto de problemas que se plantean a lo largo de la película.

Por cierto y volviendo a ella, la invitación que reciben los matemáticos es de por sí un anticipo de lo que les espera. Para aceptarla tienen que contestar a una pregunta…



¿Sabes la respuesta?, pues quizás habrías podido asistir tú también y ayudarles a resolver los acertijos que el enigmático Fermat les irá proponiendo, aunque de hecho es lo que haremos, pues el guión nos dejará tiempo suficiente para proponer nuestra solución antes de que los protagonistas den la suya.

Pero a veces la solución mas ingeniosa no es la más correcta. Me encanta la respuesta de Pascal cuando Hilbert propone el problema del pastor que va con un lobo una oveja y una col. Tiene que cruzar un río en una barca que sólo tiene dos plazas, incluyendo la col. ¿Cómo organizar los viajes sin que en ningún momento se quede solos el lobo y la oveja o la oveja y la col?. Su respuesta fue “¿Y para qué iba a llevar un pastor a un lobo?” No me digáis que no es pura lógica, aunque no sea la respuesta correcta (que te dejo que la pienses tú, pero tranquilo, que si desfalleces más adelante te diré dónde puedes encontrar las soluciones a todos los enigmas planteados).



Trailer de La habitación de Fermat


Ya metidos en la reunión descubren que se trata de una trampa de difícil salida. Cada cierto tiempo les llega un problema de ingenio por una PDA, dándoles un tiempo para resolverlo, pasado el cual, las paredes del cuarto, que están conectadas a sendas prensas, se ponen en movimiento, reduciendo de manera imparable el tamaño de la habitación.

Entonces se produce otra cita memorable de Pascal:

“- La presión es impredecible, puede convertir el carbón en polvo o en diamante.

- ¿De quién es la frase, de Pascal?

- No, de
McGyver.”

Acto seguido empiezan a llegar los enigmas. ¿Juegas?. A ellos no les queda otro remedio y tienen tres frentes que resolver:

- Los enigmas que se les plantean.

- ¿Quién es el misterioso Fermat y por qué quiere eliminarles así?.

- Y el problema más importante: ¿Cómo salir de la habitación trampa?.

No es mucho el tiempo que tienen para pensar en cada cosa y pronto se dan cuenta de que aunque resuelvan los enigmas es difícil parar la habitación a tiempo y de que tarde o temprano se acabarán agotando y entonces todos acabarán irremisiblemente aplastados. Pero… son cuatro mentes privilegiadas, algo de esperanza les queda ¿no?. Si has visto la película ya lo sabes y si no… ¿a qué esperas?.



Rueda de prensa en el festival de Sitges


Ver tanta mente pensante me indujo a reflexionar sobre tres conceptos que están en el fondo de la trama: la inteligencia, el estrés y el prestigio.


- Los cuatro matemáticos son evidentemente inteligentes. Probablemente su coeficiente intelectual, medido con diversas pruebas, en parte semejantes a las que se les proponen en la historia, arroje unos resultados espectaculares.

Pero la inteligencia es algo difícil de definir. Hay quien dice que simplemente es lo que miden los test de inteligencia, aunque es evidente que esa definición circular no es válida y que se trata de algo más de lo que nos indican esas pruebas.

A mí me gusta más pensar en la inteligencia como capacidad de adaptación física y social, con lo que combinaríamos los conceptos de inteligencia tradicional y el de inteligencia emocional, abarcando la solución de problemas, no sólo emocionales sino también sociales.

De hecho, los partidarios de la inteligencia emocional aseguran que predice el éxito de manera más fiable que la tradicional.

Por cierto ¿cómo dirías tú que andan los protagonistas de ambos tipos de inteligencia?.


- La otra cuestión es el estrés. La epidemia de nuestro tiempo ¿verdad?. ¿Quién no se ha sentido alguna vez estresado, o ha tenido una baja por estrés o ha tenido problemas somáticos que han sido atribuidos al estrés?.

Pocas veces nos paramos a pensar que es un mecanismo de adaptación necesario para nuestra supervivencia y que sin él no estaríamos hoy aquí discutiendo de ello, ni como personas, ni como especie.

El estrés nos prepara fundamentalmente para aquellas situaciones problemáticas en la que vamos a tener que movilizar nuestros recursos para poder superarlas. Aparece preferentemente ante estímulos ambiguos, que tenemos que evaluar para determinar si nuestros recursos son válidos para resolverlos o es mejor abandonar.

Lo que ocurre es que actualmente, en el mundo en el que nos movemos, los problemas a los que nos enfrentamos son más de tipo intelectual que físico, considerando incluso como problema intelectual el mero hecho de cómo llegar a final de mes. Entonces, la activación que nos produce el estrés no es la más adecuada para enfrentarnos a los problemas de nuestra sociedad actual.



¿Recuerdas este anuncio?, ¿te dice algo?


Aunque el rendimiento mejora con la activación, superados los niveles óptimos, cualquier aumento de esa activación perjudica la ejecución de la tarea. Por eso rendimos mejor en una prueba cuyo resultado nos puede ser beneficioso, pero podemos bloquearnos cuando el resultado sea algo crucial para nosotros.

Así, el problema no es el estrés en sí, si no su presentación ante estímulos inadecuados o su persistencia después de haber superado el episodio que lo desencadenó.

Entonces, ¿el estrés al que se ven sometidos los protagonistas es positivo o negativo?, ¿les ayuda a resolver sus problemas o les perjudica?.


- Y por último hablemos del prestigio. El propio Fermat asegura durante la cena que la invisibilidad sólo sirve para hacer el mal, pues cuando hacemos algo bien todos queremos ser vistos.

Según Maslow, el reconocimiento y la autorrealización se sitúan en la cúspide de la pirámide motivacional, son la justificación de orden superior de nuestra conducta. Cuando uno tiene aseguradas sus necesidades básicas y después de la afiliación, la búsqueda del éxito y el logro personal es lo que guía nuestra conducta. Entonces la última pregunta ¿cuál de nuestros personajes se mueve más por la búsqueda del reconocimiento? .


Bueno, si hay algún enigma que se te haya quedado sin resolver consulta la página del Centro Virtual de Divulagación de las Matemáticas, el blog Más de tres o la página oficial de la película. En esos sitios encontrarás la información que necesitas.

Por mi parte nada más. Un saludo,



Compartir

viernes, 20 de marzo de 2009

Miss Amnesia

Más sobre la Amnesia

Ya sabéis que de vez en cuando compruebo las opciones mediante los que los buscadores han dirigido a la gente a estos blogs. Además de satisfacer la curiosidad, me proporciona ideas sobre lo que les interesa a los posibles lectores. Ya os lo conté en el comentario que hice sobre “A propósito de Henry”. De la misma manera, encontré varios accesos que venían buscando información sobre “Miss Amnesia”.

No sabía de qué se trataba, pero es el típico caso en el que en el problema está también la solución. Google, que me señaló la necesidad, también me informó de que se trata de un corto basado en un cuento de breve de Mario Benedetti. Trata sobre una chica que en un momento dado se encuentra sentada en un banco de una calle sin saber quién es ni qué hace allí.

Lo leí y me impactó. De hecho me emocionó. También vi el corto, que está en YouTube. Está muy bien, pero creo que tiene menos fuerza que el relato. Comprobadlo vosotros mismos.


Después de verlo yo leería el cuento. Me gusta más de esa manera porque así la intensidad de los sentimientos va en orden creciente. Y sólo después de haber hecho ambas cosas, seguiría leyendo este comentario. Es que no quiero chafarte la historia.

Miss Amnesia refleja muy bien las sensaciones y emociones que debe sentir alguien en una situación parecida. Desrealización, ansiedad, miedo… Parece que la agresión que sufre la muchacha le provoca un trastorno de estrés postraumático con pérdida del recuerdo en general, pero sobre todo de lo últimamente acontecido.

Para más detalles sobre la amnesia te remito a las entradas sobre Memento y la antes mencionada A propósito de Henry.

Lo que me llama la atención de esta historia no es que la chica no recuerde Félix Roldán, si no que su presencia le induzca tranquilidad y no al contrario. Se han hecho estudios en los que se ha comprobado como los amnésicos mejoran su destreza en el desarrollo de tareas que ni siquiera recuerdan haber practicado con anterioridad. Es decir, no recuerdan el hecho pero sí conservan la habilidad aprendida en su momento. Memoria Procedimental se llama.

De una manera similar, la protagonista al ver otra vez al atento señor Roldán debería sentir cuando menos intranquilidad e incluso rememorar el miedo que sintió cuando se encontró con su agresor, aunque no se acordase para nada de su persona. Aunque en ese caso estaríamos hablando de otro cuento y no es mi intención corregir a Benedetti.

Disfrutad de la historia y gracias a los lectores anónimos que me indujeron a encontrarla.

Saludos,

viernes, 13 de marzo de 2009

Blanco perfecto

Flatulencia psicógena

Si sólo hablase de las películas que me han gustado, en este blog habría muchos menos comentarios. Por ejemplo, éste no estaría y no es que sea una mala película, más que nada es que cuando la empecé a ver pensé que sería más interesante, por lo menos en el aspecto psicológico.

Buscando películas sobre este tema encontré la ficha de "Blanco perfecto". Genial, un agente de la DEA estresado que acude a sesiones de terapia de grupo. Parece un planteamiento que puede dar bastante juego. Como "Una terapia peligrosa" pero al revés. Psicología, acción, mafia, drogas, amor...

Una comedia con buenos actores. Liam Neeson tiene interpretaciones memorables. Sandra Bullock... bueno, me cae bien y tiene una bis cómica agradable. Oliver Platt es un secundario que se hace notar cada vez que sale en pantalla. En fin, que la cosa prometía.


Bueno, he de decir que la película sí cumplió lo que prometía, lo que pasa es que el que tenía
una idea equivocada era yo. La ficha de la película me indujo a pensar que las escenas de la terapia serían más importantes dentro del argumento. También, al inicio, Charlie (Liam Neeson) padece un episodio alucinatorio que me hizo pensar en un brote esquizofrénico ocasionado por el estrés postraumático que padecía debido a las experiencias vividas en su última misión, en la que fue desenmascarado por un cártel colombiano de la droga.

Pero la patología quedó reducida a un inoportuno trastorno gastrointestinal (meteorismo básicamente), mucho más cómico, debido al estrés que el agente padece con caracter crónico.

Tratándose esa afección intestinal conoce a Judy (Sandra Bullock), una enfermera vivaracha con la que congenia rápidamente y con la que vivirá el resto de las aventuras del film.


Resumiendo, una película que está bien para pasar el rato, que tiene la ventaja de contar con buenos actores, pero a la que no hay que buscar ninguna trascendencia.

Saludos,


martes, 24 de febrero de 2009

23-F, El día más difícil del Rey

Hoy es 24 de febrero. Hace veintiocho años (¡cómo pasa el tiempo!) estaba yo un tanto nervioso. Al día siguiente tenía un examen muy importante. Si le aprobaba podría decirse que ya ¡por fin! habría terminado la carrera de Farmacia y podría dedicar todas mis energías a las oposiciones que hace tiempo preparaba.


No las tenía yo todas conmigo aún. El día antes, en la tarde del 23, en un descanso de mis estudios puse la radio para oír las noticias. Aún me acuerdo de las palabras textuales que pronunció la locutora: “Un grupo de personas vestidas de guardias civiles ha irrumpido en el Congreso cuando se celebraba la sesión de investidura”.


¿Un grupo de personas vestidas de guardias civiles?, ¿qué quiere decir eso?, ¿qué en verdad no eran agentes de la Benemérita?, ¿qué eran terroristas?, ¿cuáles?. En aquella época teníamos para elegir ¿ETA?, ¿el GRAPO…?, ¿cuál?. El FRAP se había se había disuelto en 1978, el MPAIAC en 1979 y los Guerrilleros de Cristo Rey no creía que tuviesen infraestructura adecuada para eso, aunque ganas probablemente no les faltaban.


Era una época muy complicada. Atentados, secuestros y otras acciones terroristas eran terriblemente frecuentes. Hacer frente a eso con las limitadas armas de la aún joven democracia era muy difícil y los militares se estaban mostrando muy, muy pacientes, demasiado a juicio de según quien.


El caso es que en un instante vi mi situación: yo movilizado (en esos momentos disfrutaba de una prórroga de incorporación al servicio militar por razones de estudios), mi examen sin poder hacerlo (vete tú a saber si se suspenderían las actividades académicas o no), mis estudios inconclusos por dos días, las oposiciones que preparaba… Bueno, para qué hablar de mi plano personal si la incertidumbre del país podía ser aún mucho más grave.


Inmediatamente me puse a la búsqueda de noticias. Al principio todo era confusión, después Radio Nacional comenzó a emitir música militar. Sólo encontré a la SER dando noticias, pero mucho no se sabía.


En aquella época era radioaficionado y diexista, así que utilizando mi equipo busqué informaciones en las emisoras internacionales de onda corta (que tiempos aquellos en los que no había internet ¿verdad?). Nada. Incluso las agencias de noticias que podía captar por teletipo no hablaban aún del tema.


Las primeras informaciones las capté por mi emisora de UHF, con la que podía sintonizar los teléfonos móviles que en aquella época emitían en estas frecuencias. Bueno, lo de móviles era un decir porque no se llevaban normalmente encima, pero los ministros los tenían en sus coches y sus chóferes, desde el garaje de las Cortes, llamaban a sus familiares para tranquilizarles. Lo que pasa es que ellos sólo contaban con la información que les daban los golpistas, así que eso es lo que contaban por teléfono. También recuerdo, aunque no tan literalmente, una conversación que me impactó: “Tranquila, no pasa nada. Es un golpe de estado, pero no va a pasar nada porque se han levantado todas las capitanías. Volvemos a lo de antes y ya está”. Con estas sencillas y elocuentes palabras un amable conductor pretendía tranquilizar a su preocupada esposa. Pero...


¡¿Será posible?!. ¿Volvemos a lo de antes y ya está?, ¿así?, ¿ya está?.


Cuando uno vive una situación muy importante, en ocasiones conserva de los sucesos un recuerdo “fotográfico”. Parece que tenemos una imagen vívida y fiel de los acontecimientos y que esa imagen se conservará siempre. Diversos estudios han comprobado que eso no es así, que el recuerdo no es tan fotográfico y que se modifica con el tiempo. Pero es la sensación que yo tengo.


Ayer por la noche se me ocurrió ver “23-F, el día más difícil del Rey”. Lo tenía grabado y no lo vi cuando lo emitieron por la tele. No fue una cosa premeditada, simplemente miré que pelis tenía pendientes de ver y surgió ésta.


Sin demasiada confianza empecé a verla y la verdad es que encontré que estaba bastante bien hecha. Da una versión coherente del intento de golpe de estado, aunque no sé si es del todo verídica. Deja muy bien a la Familia Real, y a nuestro propio Rey le da un papel de gran protagonismo. Es evidente que lo tuvo, pero siempre pensé que las decisiones, más que él, las habían tomado sus ayudantes.


Respecto a los militares, sí parece que Armada fuese el organizador, no creo que a Milans le moviese la ambición de ser ministro de defensa, a Tejero le engañaron para que diese la cara y el "elefante blanco"..., bueno, yo tampoco sé quién era.


Pero no quiero comentar simplemente la trama de la película, ni hablar de la experiencia psicológica de sus personajes, lo que quiero es evocar los sentimientos que me produjo e igual también los que te produjo a ti si viviste el momento.


En la mayoría de películas que hemos comentado o que normalmente aparecen en los foros de psicología, podemos vivir la experiencia de los protagonistas como expectadores. Podemos analizar la situación e intentar comprender los procesos que se nos muestran. Pero en esta ocasión, los que tenemos una cierta edad, además podemos recordar y revivir la experiencia psicológica que tuvimos nosotros, que tuvo el país entero, en aquellos críticos momentos.


Ya he mencionado la situación en la que yo me encontraba aquella tarde de 1981. ¿Imaginas lo que sentí?. No fue miedo, estaba demasiado entretenido intentando saber lo que pasaba, explorando frecuencias, yendo de un receptor a otro, sintonizando teletipos… El caso es que cuando estás muy ocupado el miedo se controla mejor.


Recuerdo haber experimentado una gran excitación, ansiedad, estrés e incertidumbre. Una curiosa mezcla de emociones y sensaciones. Algo parecido a lo que viven los protagonistas de la película, solo que en plan doméstico.


Cuando Radio Nacional dejó de poner música militar, no sé cuanto tiempo pasó, en televisión (tampoco recuerdo que emitían hasta entonces y pensad que todavía no había cadenas privadas) anunciaron que en breve transmitirían un mensaje del Rey. Tuve entonces una sensación de alivio, parecía que las cosas volvían a la normalidad.


Empezaron a emitir una película, una comedia, creo que era “La princesa y el pirata”, quizás para rebajar la tensión y creo que lo consiguieron, por lo menos no parecía que el futuro del país estuviese en juego. Ya la había visto y yo estaba agotado. Me fui a la cama confiando en levantarme cuando hablase el Rey pero me dormí. A la mañana siguiente todo era irreal.


Recuerdo las imágenes en televisión de los guardias civiles saliendo por las ventanas del congreso y a José María García retransmitirlo. Ahora no sé si es que se coló en una unidad móvil de TVE o es que yo lo estaba escuchando por la SER.



Al día siguiente me examiné de Síntesis Orgánica, terminé la carrera de Farmacia y en junio aprobé las oposiciones. Al país tampoco le fue mal del todo.


Bueno, esa fue mi experiencia. Si quieres ver la película pulsa este enlace para ver la primera parte y este otro para ver la segunda. Luego ya nos cuentas qué te pareció y qué sentiste aquel día.


Si además de la psicología te interesa la historia-ficción y tienes un poco de sentido del humor, mira la visión de El Gran Wyoming en su programa El Intermedio sobre como viviríamos ahora si hubiese triunfado el golpe.



Aunque lo mejor es el musical sobre el 23-F.



No me digas que el último fragmento no es genial.


Saludos,




LinkWithin

Related Posts with Thumbnails